Dicen
que los alemanes siempre han sido buenos filósofos porque fuera hacía mucho
frío y habían de recluirse en el rincón de pensar de sus casas. Jurgën Habermas
(1929-2026) es uno de esos filósofos que abrió el foco de la filosofía a la política
y la sociología, sin ignorar el derecho, la economía y psicología. Los errores
y horrores del nazismo le convirtieron en un ferviente defensor de la
democracia. Pero para no volver a caer en los mismos errores y horrores,
enfatizó los ingredientes necesarios de una democracia verdadera.
El pluralismo que caracteriza a todas
las sociedades debe respetarse, al tiempo que se buscan los consensos mínimos
para funcionar como sociedad. Las personas que se dedican a la política, añade,
han de compartir un par de actitudes: la búsqueda de la verdad a través de la
razón y la capacidad de dialogar y respetar los consensos. La historia nos
demuestra que la democracia auténtica no es fácil … pero tampoco imposible,
concluye. La confianza en el hombre moderno caracteriza a Habermas. Me gustaría
ver que cara ponía en una sesión del Parlamento.
La
Constitución es el consenso fundante de una sociedad. En ella se recogen los
derechos esenciales de las personas y las reglas básicas del juego político. No
puede ser una ley inmutable, pues si cambian las circunstancias, es inevitable
un replanteamiento de los consensos. Pero siempre habrán de respetarse los cauces previstos por la vigente Ley
Fundamental y exigirse que los nuevos consensos vengan respaldados por una
mayoría similar.
Dos
buenas lecciones para nuestros políticos, y para los ciudadanos que les
votamos. Si somos incapaces de pensar y deliberar utilizando la razón, si somos
incapaces de buscar y respetar los consensos, podemos despedirnos de la
democracia. Si la Constitución se interpreta según los intereses del partido o
coalición dominantes, si se reforma a las bravas, se convertirá en un arma
arrojadiza para castigar al adversario y dejar manos libres a los autócratas.