En el
artículo de la semana pasada apoyé la invasión/liberación de Venezuela como una
estrategia second best. Lo ideal hubiera sido una intervención de la ONU
para restablecer la democracia usurpada por Maduro y los derechos humanos que
ha masacrado. El problema es que la prerrogativa de veto a favor de cinco estados
bloquea este tipo de decisiones de la Asamblea General de la ONU. Solo un
país con la inteligencia y fuerza militar de los EE.UU. podía desplazar al
dictador Maduro… Y vaya que lo consiguió. Acabé mi artículo advirtiendo que la
estrategia del second best es una excepción y que las excepciones debían
tratarse como tales. Para tener credibilidad internacional y nacional EE.UU. había de circunscribirse a un espacio
competencial bien delimitado que durara el menor tiempo posible.
A lo
largo de la semana hemos comprobado que las intenciones del invasor no van por
aquí. El presidente Trump ha dejado claro que seguirá controlando Venezuela
tanto tiempo como él considere necesario y se cobrará los gastos embargando el
petróleo del Caribe. Alardeó que detrás de Venezuela puede seguir Cuba, e Irán.
¿Y por qué no Groenlandia? A quienes le
preguntaron por la moralidad de tales acciones y su contradicción con el derecho
internacional, Trump respondió que él siempre se rige por la moralidad y
legalidad, aunque su forma de interpretarlas puede diferir de los mantras de
las organizaciones internacionales dominadas por la izquierda marxista-wokista.
¡Lamentable!
Todos los autócratas tienen en común el deseo de pasar a la historia por algo, lo
que sea. Creen que el fin justifica los medios y que solo ellos son capaces de aplicarlos
“desde arriba”. Cualquier otra alternativa sería el caos. Rodarían muchas
cabezas empezando por las suya. El desenlace de la tragicomedia de año nuevo es
imprevisible. Lo único cierto es que todos perderíamos, si un autócrata se encontrara
con otro de la misma calaña (y las mismas armas). ¡A rebato tocan las campanas del planeta!
La Tribuna de Albacete (12/01/2026)