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domingo, 25 de junio de 2023

Pascal a los cuatrocientos: Ciencia, razón y fe

 

El año 2023 es un año rico en aniversarios. La semana pasada celebramos el nacimiento de Adam Smith, padre de la Economía. Hoy dedicamos nuestra columna semanal a Blaise Pascal. Un científico prematuro e inquieto, ya antes de los 20 años  había hecho aportaciones significativas a las Matemáticas y la Física, además de idear inventos tan útiles como la “máquina aritmética” (la primera calculadora).

Su deseo de llegar al fondo de las las cosas le obligaron a plantearse las cuestiones fundamentales. La ciencia busca mejorar las condiciones de vida del ser humano. ¿Pero qué es el ser humano? ¿Qué sentido tiene su vida? ¿Cómo resolver las paradojas que marcan nuestra existencia?  Todos los humanos buscamos la felicidad pero no nos caracterizamos precisamente por ella. Todos presumimos de libertad pero cada vez estamos más esclavizados a nuestros propios inventos. Estas paradojas no pueden ser afrontadas por el método científico. Tampoco el razonamiento filosófico nos lleva demasiado lejos. Cada filósofo se ve obligado a crear su propio método y vocabulario que aumenta la confusión general.

En esa encrucijada Pascal da un salto a la dimensión trascendente.  Le fascina, en particular, el Dios del cristianismo. Un Padre tan cercano que se encarna en Jesucristo para manifestar la esencia de Dios y del hombre. Amar y ser amado es lo que da sentido y plenitud a la vida humana. La paradoja de la libertad queda resuelta cuando uno descubre que es libre no para hacer lo que le venga en gana sino para escoger lo mejor en cada circunstancia.

La Edad Moderna abrió las puertas a la ciencia y el ateísmo, como si Dios estorbara el desarrollo científico. Blaise Pascal demostró que la fe en Dios es “razonable”, confiere un sentido pleno a la vida humana y pone la ciencia al servicio de la humanidad.

La Tribuna de Albacete (26-06-2023)

miércoles, 16 de enero de 2013

Del origen del universo al hombre

La presencia de un ser inteligente y libre, capaz de comunicarse eternamente con Dios, 
es lo único que justifica el enorme derroche que implica la creación de un universo finito


Con este artículo finalizo mis resúmenes-comentarios de las ponencias presentadas en la primera jornada Universitas sobre “Ciencia, razón y fe”. Hoy comentaré la conferencia del jesuita Dr. Manuel Carreira, eminente astrofísico que ha impartido docencia en las universidades de Washington, Cleveland y Comillas. El título de la misma fue: “Del origen del universo al hombre. Física, metafísica y teología de la creación y de la vida”.
Se trata de un tema clásico que en los últimos tiempos ha ganado actualidad en los EE.UU. por el enfrentamiento entre los partidarios del evolucionismo y del creacionismo. Los intelectuales acostumbrados a tocar fondo, pronto comprendieron que los últimos descubrimientos de la física y la biomedicina realzaban la imagen de un Dios creador y padre. El principio antrópico ha sido la expresión utilizada por los científicos para referirse a la necesidad de un ajuste externo, extremadamente fino, en momentos claves de la expansión y evolución. Pequeñas desviaciones de los parámetros hubieran dado lugar a otros universos donde la vida inteligente no hubiera sido posible. La conferencia del Padre Carreira se centró en tres momentos: (1) la creación de la materia a partir de la nada; (2) el salto de la materia inanimada a la vida; (3) el salto de la vida irracional a la vida inteligente y libre.
¿Qué era y de dónde sale la materia que origina la gran explosión (Big Bang)? Nada puede salir de la nada. Cualquier número multiplicado por cero es cero. Pero si ese cero se multiplica por infinito el resultado puede ser cualquier número. El infinito del que estamos hablando no puede ser más que Dios. Y el resultado de la operación es, precisamente, el que Dios buscaba.
¿De dónde nacen los primeros seres unicelulares dotados de un código genético (ADN) que ninguna reacción físico-química puede producir. Del “azar” responden los agnósticos. Pero el azar no es ninguna fuerza física ni puede ser causa de nada. Se trata de uno de los resultados posibles de una combinación de fuerzas que entran en interacción un número suficientemente elevado de veces. La probabilidad de que apareciera esa primera molécula con ADN en nuestro universo era simplemente nula, por más favorables que fueran las condiciones. Seguiría siendo nula si multiplicáramos por un trillón el tamaño y la antigüedad del universo. Para tener alguna probabilidad de que apareciera esa molécula los científicos agnósticos se ven obligados a asumir la existencia de infinitos universos, todos ellos estériles, con la excepción del nuestro. Ahora bien, nos dirá Lakatos, este tipo de “hipótesis puramente defensivas”, no son aceptables por la ciencia. Quienes edifican sobre ellas están construyendo ciencia-ficción. Mucho más sensato sería afirmar que sólo hay un universo, el que pisamos; y que afortunadamente ha sido diseñado por alguien omnisciente y omnipotente.

¿Cómo se da el salto de la vida a la vida humana, apareciendo seres con inteligencia y voluntad libre, seres deseosos y capaces de buscar la belleza, la verdad, y el bien? El mero acto de pensar y tomar decisiones escapa a las cuatro fuerzas que regulan el comportamiento de la materia, las únicas que los científicos pueden manejar en su esfuerzo por entender el “qué” de las cosas? Carreira-científico mencionó la fuerza gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil. Carreiras-filósofo defendió a los metafísicos que buscan el “porqué” de la vida humana y lanzan conjeturas sobre su forma de ser y de comportarse, libres del corsé de las cuatro fuerzas mencionadas. Los teólogos, por su parte, otean el “para qué”. Debe haber alguna razón para que Dios haya creado el universo y cuanto contiene. Resultaría ridículo pensar que lo ha creado para disfrutar viendo arder estrellas o lagartijas moviendo el rabo; y eso sólo durante un rato pues nadie duda que el universo tiene los días contados.  La presencia de un ser inteligente y libre, capaz de comunicarse eternamente con Dios, es lo único que justifica el enorme derroche que implica la creación de un universo finito. “El Universo está hecho para el ser humano y el ser humano está hecho para participar de una relación personal con el Creador”, concluyó Carreira - teólogo.



La Tribuna de Albacete (16/01/2013)

miércoles, 9 de enero de 2013

Recibir o conquistar

¿Cuál es el papel de la voluntad en el conocimiento? 
-Aceptar lo que se nos da


¿Puede ser que Hitler esté en el cielo? Un grupo de teólogos que defendía la primacía de la conciencia subjetiva respondió: “Sí, siempre que el Führer obrara en conciencia, convencido de que aquello era lo mejor para su país”. Un joven teólogo alemán que presenciaba aquella discusión concluyó para sus adentros: “Algo no funciona en esta filosofía subjetivista que se ha colado hasta en la mismísima teología”. El nombre del joven era Joseph Ratzinger.
Con esta anécdota abrió su intervención en la primera jornada Universitas sobre “Ciencia, Razón y Fe”, Sara Gallardo, profesora en la Universidad Católica de Ávila y en San Dámaso. El título de su conferencia fue: “Recibir o conquistar: el papel de la voluntad en el conocimiento”. Explicó que en cualquier proceso de conocimiento (científico, filosófico o vulgar) nunca partimos de cero. Aceptamos unos datos y unas teorías por su aparente razonabilidad y porque nos fiamos del saber y buena voluntad de los transmisores. Aceptar lo que se nos da es, precisamente, el papel de la voluntad en el conocimiento.  Una función similar cumple la fe en el ámbito del conocimiento de realidades que nos trascienden pero que existen y pueden ayudarnos a encontrar el sentido profundo de la vida humana.
Para llegar al fondo del asunto, Sara Gallardo se remontó a la célebre distinción kantiana de autonomía y heteronomía. Son muchos los filósofos que han presentado la dualidad como un dilema que nos obliga a escoger entre la moral de conciencia y la moral de autoridad; entre el conocimiento autónomo que derivan de las pruebas del laboratorio o de la elucubración filosófica subjetiva y el conocimiento heterónomo impuesto desde fuera por la tradición, la Iglesia o cualquier otra autoridad. Estas personas no conciben la verdad como algo que libera, sino como algo de lo que debiéramos ser liberados pues restringe nuestra libertad. Afortunadamente se trata de una confrontación falaz. Nadie está obligado (ni legitimado) a sacrificar la reflexión personal para buscar la verdad objetiva, o viceversa. Quien así lo hiciera y predicara estaría contradiciendo el proceso habitual del conocimiento. Del conocimiento religioso, ciertamente; pero también del científico, el filosófico y el vulgar.  
Los avances de la ciencia y de la técnica alejan cualquier sospecha sobre la idoneidad del método positivista basado en la formulación de unas hipótesis susceptibles de ser contrastadas mediante experimentos y formalizadas en términos matemáticos o estadísticos. Ahora bien, la ciencia degenera en un cientificismo pueril y empequeñecedor cuando tacha de irracionales otras formas de conocimiento. Los científicos han de ser conscientes de que su metodología positivista sólo sirve para estudiar fenómenos naturales que obedecen a leyes físicas de carácter determinista. Los fenómenos más importantes de nuestra vida, donde intervienen voluntades libres, escapan a la ciencia. Los científicos deben aceptar, en segundo lugar, que ellos no crean la realidad ni inventan las leyes naturales que la explican; bastante hacen con descubrirlas. Tampoco debieran despreciar la herencia recibida del pasado ni ignorar los estratos de “creencia” que permean los postulados de cualquier teoría científica.
Los filósofos, por su parte, resbalarán fácilmente si tratan de especular en el vacío, ignorando la existencia de la ley moral natural y sus implicaciones que unas veces aparecerán en forma de mandamientos y otras en forma de derechos humanos. Unos y otros no son un invento de los intelectuales o una creación de las mayorías parlamentarias. El mandamiento “no matarás” deriva de la ley natural a la que podemos llegar con nuestra razón. Pero esa prohibición continúa vinculándonos aunque se apruebe una ley que despenaliza el homicidio y aunque mi conciencia invente excusas para tranquilizarse. Lamentablemente, en el pensamiento débil o subjetivo que domina la filosofía contemporánea, el “no matar” parece significar “a mí me parece mal el homicidio”. De ahí a convertir el homicidio en un derecho apenas media una votación en el parlamento. Y de ahí al holocausto sólo hace falta un loco con manos libres y armas de destrucción masiva en sus manos.
En mi block de notas apunté la siguiente reflexión: recibir la ley natural con gratitud y responsabilidad es la mejor base para  conquistar nuevas cimas en el conocimiento científico y filosófico desde donde se pueda servir mejor a la persona y la sociedad.

La Tribuna de Albacete (9/01/2013)

lunes, 7 de enero de 2013

Cristianismo y confianza en la razón

Uno de nuestros mayores retos en el siglo XXI 
consistirá en devolver al hombre la confianza en la razón 


¿Cómo murió Galileo? Si hiciésemos esta pregunta a los transeúntes de nuestras calles  la mayoría respondería que murió en la hoguera de la Inquisición italiana tras descubrir que la tierra giraba alrededor del sol, contradiciendo así la doctrina de la Iglesia. Es posible que los más eruditos recordaran, de paso, que por los mismos años los dominicos de Salamanca desaconsejaron el viaje de Colón, convencidos como estaban de que la tierra era plana.
Con estos ejemplos empezó su conferencia el Catedrático de Filosofía del Derecho en Sevilla Francisco José Contreras en el marco de Primeras Jornadas Universitas sobre “ciencia, razón y fe”.  Cualquier persona culta debiera saber, aclaró el ponente, que Galileo murió en su cama muchos años después de su enfrenamiento con un inquisidor rancio; por desgracia, también los había.  Que la tierra era redonda y giraba alrededor del sol ya lo habían dicho los griegos y lo había demostrado Copérnico un siglo antes que Galileo, sin que molestara en absoluto a las autoridades eclesiales. Los doctores de Salamanca, por su parte, se limitaron a advertir a Colón que había infraestimado el perímetro de la Tierra.  
En su conferencia, tan erudita como clara, el catedrático de Filosofía de Derecho de la Universidad de Sevilla trató de desmontar los prejuicios contra la Iglesia Católica acerca de la relación ciencia y fe. Empezó reivindicando las contribuciones de la Iglesia durante el Medioevo a la cultura y el progreso científico. En la alta Edad media, gracias a los copistas y traductores de los monasterios, se salvó el legado grecorromano. En la baja Edad Media, la Iglesia creó las primeras universidades, una institución desconocida en Atenas y Roma y que resultaría clave para el desarrollo cultural y científico. 
Se nos ha repetido hasta la saciedad que la ciencia fue concebida por el espíritu del Renacimiento y la Ilustración, una vez sepultadas las reminiscencias del cristianismo. Otro prejuicio. Durante la Edad Moderna la Iglesia aportó brillantes pensadores y sentó las vías que permitirían la aceleración del conocimiento. Rodney Stark ha investigado las creencias religiosas de los 52 grandes científicos del periodo 1543-1680. De ellos, sólo dos (Paracelso y Halley) se definieron como escépticos. Dieciocho pueden considerarse “cristianos convencionales”. Treinta y dos (más del 60%) se manifestaron “devotos”. Entre ellos se encuentran Copérnico y Galileo, además de quince eclesiásticos. Su creencia en un Dios que es la razón creadora (Logos) permitía intuir que el universo respondía a unas leyes naturales capaces de ser aprehendidas por la razón y formuladas en ecuaciones matemáticas. Fue el propio Galileo quien escribió: “Dios ha escrito el libro del mundo en caracteres matemáticos”.  Kepler, Pascal, Newton, todos ellos fervientes cristianos, apostaron por esta idea, que en aquel momento no pasaba de ser una intuición, … y ganaron.
Durante los siglos XIX se acelera el desarrollo de la ciencia, al tiempo que se magnifican sus aplicaciones técnicas. El sistema económico capitalista suministró los medios financieros que el proyecto necesitaba. Es en esta época cuando buena parte de los científicos repudia el complemento que suministraba la religión; a saber, la visión trascendente del ser humano. La pérdida tuvo, y seguirá teniendo, graves consecuencias. Faltando esa visión trascendente, la ciencia y la técnica pueden volverse contra el propio hombre, como trágicamente ha ilustrado la bomba atómica. Despreciando la existencia de esa verdad absoluta e inmutable que es Dios, todo se vuelve relativo, incluyendo la propia ciencia. ¿Qué sentido tiene buscar verdades que cambian según quién las piense? ¿Y qué sentido tiene buscarlas con la razón si esta se reduce a conexiones casuales del órgano gris de un mamífero, bastante mediocre por cierto? Quien esté familiarizado con el “pensamiento débil” y la cultura postmoderna, sabrá a qué me refiero.
Dos fueron las conclusiones que yo extraje de la conferencia del profesor Contreras.  Primera: los intelectuales cristianos no hemos de tener miedo a la razón; es nuestra mejor aliada. Segunda: uno de nuestros mayores retos en el siglo XXI consistirá en devolver al hombre la confianza en la razón.

La Tribuna de Albacete (2/1/2013) 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Científicos (y estudiantes) ejemplares

Invitan a seguir sus pasos hasta comprobar
que ciencia y fe pueden y deben reforzarse mutuamente


La semana pasada comenté la discusión de la mesa redonda de profesores/investigadores en la primera jornada Universitas sobre “Ciencia, razón y fe”. Hoy me centraré en la mesa redonda de estudiantes donde se analizó la vida y obra de algunos “científicos ejemplares”. La sesión fue tan profunda como entrañable. Los estudiantes pusieron en evidencia de lo que son capaces cuando se confía en ellos.
Los científicos elegidos habían de mostrar cómo la investigación científica puede llevar a Dios y cómo la fe puede mejorar la actividad científica, al tiempo que la pone al servicio de la humanidad. La elección no fue fácil pues son muchos los científicos que iluminan el camino en ambas direcciones. Los estudiantes de la UCLM optaron por tres científicos contemporáneos (Collins, Lejeune, Frankl) y uno de los pioneros de la ciencia (Pascal).
La presentación de Francis Collins (1950-), corrió a cargo de Lara García, estudiante de Medicina. Collins fue el director del Proyecto Genoma Humano en su etapa decisiva (1992-2008). Estamos hablando de un equipo de 2000 científicos de 24 centros de investigación ubicados en 18 países. Su primer compromiso fue publicar diariamente todos los hallazgos para que pudieran aprovechar a otros científicos y médicos. Entre estos estaba Claig Verter, quien lideraba un proyecto similar (Celera) pero que no soltaba prenda, obsesionado como estaba en conseguir patentes farmacéuticas. La secuencia del ADN fue descrita por Collins como “el lenguaje de Dios”. Su fe incipiente (de joven era ateo, para no sentirse inferior a sus colegas) quedó reforzada. Y se convirtió en apóstol a través de una fundación (Bio-Logos) que trata de demostrar como el evolucionismo refuerza la imagen de un Dios creador y padre.
Jérôme Lejeune (1926-1994) (presentado por Elena López, alumna de postgrado en Economía) es considerado el padre de la genética moderna. Su descubrimiento del síndrome de Down le encumbró como científico. Su propuesta de invertir los fondos de investigación para curar esa y otras enfermedades genéticas en lugar de recurrir al aborto, le defenestró para siempre. No sólo perdió esos fondos, sino también la presidencia del CNRS, la cátedra y un premio Nobel que estaba cantado. Sin recursos financieros siguió al pie del cañón defendiendo la vida y ayudando a las madres que habían decidido sacar adelante a sus hijos deficientes.
María Helena Sánchez, estudiante de derecho y ciencias religiosas, presentó la impactante vida de Viktor Frankl (1905-1997). El método de curación de este psiquiatra vienés (“logoterapia”) consiste en ayudar al paciente a encontrar el sentido de su vida. Fue su fe judía quien le encaminó en la dirección científica adecuada. Y fue su experiencia científica quien le ayudó a comprobar la importancia de la fe para sobrevivir con entereza en las circunstancias vitales más adversas. Así lo acredita, su propia experiencia en el campo de concentración de Auswitch.
La última presentación corrió a cargo de José Luis Navarro, estudiante de telecomunicaciones y periodismo. Versó sobre Blaise Pascal (1623-1662), uno de los genios de las matemáticas y la estadística. Antes de los veinte años ya había conseguido importantes avances científicos que lejos de alejarle de Dios le acercaron a él. Tanto es así que decidió consagrar los últimos años de su vida enfermiza a la reflexión filosófica y teológica. Sus “pensées” siguen siendo una fuente de inspiración. Nos quedamos con este pensamiento: “Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan”.
Karl Popper, el gran filósofo de la ciencia del siglo XX, advirtió que basta un experimento adverso para desmontar una hipótesis científica. Dos hipótesis muy extendidas en los círculos universitarios es que la fe en Dios impide el desarrollo de la ciencia y de que la ciencia aleja de Dios. Estos cuatro científicos (que se podrían multiplicar fácilmente) convierten tales hipótesis en bulos. Y lo que es más importante: invitan a seguir sus pasos hasta comprobar que ciencia y fe pueden y deben reforzarse mutuamente.


La Tribuna de Albacete (26/12/2012)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La fe, ¿losa sobre la ciencia?

Timor Domini initium scientiae


“La visión trascendente del hombre, ¿ayuda o perjudica la actividad investigadora?”. Esta fue la pregunta formulada a una mesa redonda de profesores en las recientes jornadas sobre Ciencia, Razón y Fe del foro de debate Universitas. “Ayuda y mucho”, concluyeron, cada uno a su estilo, una jurista, un lingüista y un bioquímico. Yo también había llegado a la misma conclusión aunque he de reconocer que mi itinerario no resultó fácil.
Davide, un profesor de la Universidad de Pisa, estaba realizando en Mayo de 2011 una estancia de investigación en la UCLM. Un día, después de su visita a Cuenca, se acercó a mi despacho para leerme la inscripción que encontró en la losa de un edificio histórico: Timor Domini, initium scientiae (“el temor de Dios debe estar en el inicio de la ciencia”). Mirándome con cierto sarcasmo concluyó: “Con semejantes losas era imposible que despegara la ciencia en España y en Italia”. 
No sin cierta desazón, me apresuré a investigar el origen y significado de la frase. Descubrí que provenía del libro de los Proverbios (1:7) y que, tras la Reforma de Trento, fue moda esculpirla en el frontispicio de seminarios y colegios universitarios. ¿Pero qué significaba exactamente “temor de Dios”? El catecismo me aclaró que el amor de Dios conllevaba el deseo de agradarle y el temor de ofenderle. Que el auténtico temor cristiano no provenía del miedo al castigo, sino del amor. Eso ya sonaba mejor.
Los códigos religiosos, al igual que los jurídicos, combinan las definiciones positivas (derechos y obligaciones) con las negativas (deberes y prohibiciones). Es conveniente ver el amor y el temor como cara y cruz de la misma moneda. La cara señala el horizonte y el motor de la actividad humana. La cruz delimita el camino, señalando las líneas rojas que no deben sobrepasarse so pena de caer al precipicio y arrastrar a otros. Los mandamientos de la ley de Dios, presentados en clave positiva se resumen en dos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. En clave negativa se concretan en tres prohibiciones básicas: “no matarás, no robarás, no mentirás”.
Creyente, ateo o agnóstico, al científico ha de aterrorizarle la mera posibilidad de matar, robar y mentir. Este temor no le hace menos científico. Al contrario, le protege de las presiones externas y de las pasiones internas que ofuscan la razón humana. Gracias a la ley natural, puede la conciencia personal caminar por terreno firme. Faltando esa referencia objetiva cualquiera justificará la muerte de un ser humano para mejorar el bienestar de otro; o robar al rico (mi vecino) para satisfacer al pobre (yo); o mentir para salvar su reputación. Las consecuencias están a la vista de todos.
Veamos ahora la cara de la moneda. El científico, como cualquier persona, tiene unos objetivos y unos móviles. El cristiano los concreta en el amor de Dios y el amor del prójimo, dos amores que no pueden declinarse por separado. El amor es el motor más exigente, pero también el más potente y fiable. Los que ya llevamos muchos años en la academia nos atrevemos a predecir el recorrido de cada nuevo investigador a la vista de sus intereses y móviles dominantes. Los que se mueven exclusivamente por dinero bailarán al son de los mecenas de turno; sus aportaciones genuinamente científicas serán más bien escasas. A decir verdad, es la honra, no la hacienda, lo que mueve a la mayoría de científicos. Bien está el aspirar a una publicación en una revista de impacto, a un sexenio de investigación o a una cátedra. Pero cuando estos honores se convierten en el único motor del quehacer universitario es de temer que la carrera científica acabe pronto y mal. ¡Cuántos genios se han malogrado al convertirse en funcionarios!

Lo acepto. Hay científicos creyentes que dan un ejemplo nefasto. ¿Dónde estará el problema? ¿En la religión o en una interpretación superficial y tendenciosa de la religión? Hay, por otra parte, científicos no creyentes que merecen toda nuestra admiración pues, con las solas luces de la razón, han desarrollado su inteligencia al servicio de la sociedad. La pregunta que queda pendiente es: ¿Dónde hubieran llegado esas personas tan inteligentes de haber sido movidas por el amor y temor de Dios?


La Tribuna de Albacete (19/12/2012)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Cómo salir de un laberinto

La tensión entre ciencia, razón y fe
inevitablemente ha de encender alguna chispa.
El diálogo, bien llevado, transformará las chispas en luz.


Estamos en el laberinto más grande del mundo, dentro de un gigantesco parque temático. Nuestros protagonistas son un teólogo (Tomás), un filósofo (Immanuel) y un científico (Albert). Mientras caminan entre los setos discuten acaloradamente sobre la primacía entre ciencia, razón y fe. De ello han de disertar esa misma noche en una tertulia universitaria. Enmudecen cuando alguien mira el reloj y se percata de que el parque lleva cerrado más de una hora. ¿Cómo llegarán a la salida del laberinto y cómo franquearán la puerta? A partir de ese momento el diálogo prosiguió así.
Albert - Según mis cálculos… estamos perdidos. Y, lo que es peor, como nadie lo sabe nadie vendrá a buscarnos. Tampoco tiene sentido buscar la salida. No se puede demostrar científicamente su existencia ...  por tanto, no existe.
Immanuel ¿Pero no eras tú el que decías que la ciencia es lo único que aporta soluciones certeras a problemas concretos? ¡Ya lo vemos! Suerte tiene el mundo de disponer de filósofos que desvelan el "por qué" de las cosas y dan sentido al mundo donde nos ha tocado vivir.
Albert- ¿Y lo habéis encontrado?
Immanuel- ¡Qué más quisiéramos! Ciertamente no tiene sentido pasar una noche de invierno en un laberinto como este. Pero, ¿qué ganaríamos con volver al mundo que no deja de ser otro laberinto sin salida? Perdonad que me ponga trágico. Yo antes presumía de ser optimista. Las canas me han convencido que los pesimistas son (somos) optimistas bien informados.
Tomás-   Ese pesimismo paralizante viene de pasaros la vida mirando al suelo; o al ombligo, que es peor. ¿Por qué no levantáis de vez en cuando la mirada al cielo? Al abrir la razón a la fe los teólogos descubrimos que  todas las vidas tienen sentido y todos los laberintos, salida. “Por construcción”, que diría Albert. El problema es que cada uno ha de utilizar su razón y experiencia para encontrar su salida y …
Immanuel- … Y no existe.
Tomás- … y son pocos los que actúan consecuentemente. La verdad es muy exigente.  
Albert- Me gustan las palabras que has empleado “razón y experiencia”. Son los mismos ingredientes que utilizamos los científicos. También los filósofos, ¿no? Ya tenemos dos columnas sobre las que construir juntos. ¿No podríamos utilizarlas para salir cuanto antes de este laberinto?
Immanuel- ¿Se me ocurre construir una torre humana para tener una visión global del laberinto. Por favor, no volvamos a enzarzarnos con cuestiones de primacía. Tomás que es el más gordo se pone debajo; tú, Albert, encima de mis hombros.
Albert- ¡Qué buena idea habéis tenido! Desde esta atalaya compruebo que apenas tres metros nos separan de la puerta de salida.
Hicieron un boquete en el seto y en unos minutos llegaron a la verja. Desde allí se pusieron a gritar. Al principio nadie les oía. Pero cuando  unieron sus voces consiguieron llamar la atención de un transeúnte. No había transcurrido una hora cuando alguien les abrió la  puerta y les condujo a la sede del congreso sobre “ciencia, razón y fe”.  Allí, un auditorio sediento de sangre esperaba el enfrentamiento entre un científico, un filósofo y un teólogo.  Para su sorpresa, los tres intelectuales empezaron reconociendo que era absurdo pelearse siendo que se movían en tres planos distintos. Lo que sí podían y debían hacer, concluyeron, era auparse unos a otros para tener una mejor visión de conjunto. 
 La tensión entre ciencia, razón y fe, tanto a escala social como individual, inevitablemente ha de encender alguna chispa. El diálogo, bien llevado, transformará las chispas en luz. Este es el reto asumido por el grupo Universitas que en sus primeras jornadas analizará diferentes maneras de cerrar el triángulo “ciencia, razón y fe”.  Será en la Facultad de Educación de Albacete (UCLM) el día 14 de diciembre a partir de las 9 horas.

La Tribuna de Albacete (12/12/2012)