Los problemas fundamentales que azotan
a la humanidad suelen ser complejos y
deben tratarse desde todas las perspectivas implicadas. El Papa aprovechó su
visita a las Islas Canarias para colocar el problema de la emigración en el
candelero y despertar la conciencia de los ciudadanos de los países ricos hacia
los que se dirigen los flujos migratorios.
Como es habitual en los discursos de León
XIV, el punto de arranque es el reconocimiento de la dignidad de todas las
personas. “La dignidad no necesita pasaporte, ni desaparece al cruzar las
fronteras, aunque sea en un cayuco”, espetó el Pontífice. Viendo a un
emigrante, la primera pregunta que nos debemos hacer es evidente: ¡Qué necesita
esta persona de mí? ¿Cómo puedo ayudarle aquí y ahora? Mal empezamos si tu
actitud es de desprecio o indiferencia.
En otro orden de cosas, los políticos
deben comprender que se trata de un asunto global que requiere una estrategia
coordinada. Lo primero en acordar es un código de buenas prácticas que evite una
emigración masiva inasumible. Las fuerzas de orden público, nacionales e
internacionales habrían e focalizarse en la persecución de las mafias que se enriquecen
con el tráfico de personas.
La solución de fondo consiste en
proclamar y asegurar que esas personas puedan quedarse en sus propios países y
ganarse la vida entre los suyos, sin necesidad de arriesgar su vida en un mal
hostil. ¿Habrá algún emigrante que no lo desee? He aquí el gran reto para los
economistas, los políticos y las organizaciones internacionales. No se trata de
dar soluciones desde los despachos de la ONU sino en crear condiciones para un
desarrollo autóctono. ¿Difícil? Sí, pero no menos que vivir en la actual inseguridad
que está soliviantando a los habitantes de los cuatro puntos cardinales y nos
enfrenta a todos contra todos.
La Tribuna de Albacete (22/06/2026)