Los desastres naturales son inevitables. Lo que sí
podemos y debemos minimizar es su frecuencia y propagación. La tecnología nos
ayuda a ello. Estoy pensando en los accidentes de automóvil. La multiplicación
del parque de vehículos, de los kilómetros de viajados y de la velocidad media,
nos invita a concluir que el número de accidentes aumentará cada año.. No es el
caso, porque los sistemas de seguridad automovilística han mejorado sin cesar y
lo mismo cabe decir de la red de carreteras.
¿Por qué
no pasa lo mismo con los incendios que los españoles sufrimos cada verano ni
con las inundaciones del otoño? La respuesta es obvia. -Porque no se aplican
los remedios tradicionales con la mejor tecnología. Si preguntáramos a los
ingenieros de montes y a los agricultores, nos aconsejarían organizar patrullas
durante todo el año para limpiar y clarear los bosques, evitando que la
vegetación seca actúe como combustible de las llamas. Nos aconsejarán también aumentar
el número y extensión de los cortafuegos, dotados de surtidores preinstalados. Estos
remedios proporcionarían una fuente de trabajo estable en las zonas rurales, reduciendo
el problema de la despoblación. La evidencia así lo confirma. Como respuesta a
sus terribles incendios de 2017 y 2020, los portugueses y californianos aplicaron
con éxito las nuevas tecnologías a los remedios tradicionales. Para sorpresa de
muchos, estas actuaciones marcaron un antes y un después en seguridad pública
Lo que
no tiene sentido es atribuir los incendios al cambio climático y pedir cada vez
más recursos para objetivos imprecisos. En el mejor de los casos, las políticas
medioambientales al uso, podrán reducir las emisiones de CO2. Pero eso no deja
de ser una cortina de humo para tapar el problema decisivo hoy y ahora: El refranero
no deja bien claro: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”