domingo, 5 de abril de 2026

La Sagrada Familia

 

En torno al año 1000 a.C., el rey David confesó al profeta Natán: “Mira, yo habito en un palacio de cedro mientras el arca de Dios habita en una tienda”. Natán bendijo su intención de construir para Dios el templo más bello. La “belleza”, junto a la práctica de la “bondad” y la búsqueda de la “verdad”, son los tres pilares sobre los que se ha levantado la civilización cristiana. La vida y obra de Gaudí, en especial la Sagrada Familia, son un ejemplo sublime.

              Antonio Gaudí nació en Reus en 1851 y murió en 1925 atropellado por un tranvía. Nadie lo reconoció de entrada, su sencilla indumentaria. Recogió el testigo del modernismo, dándole un estilo más naturalista y vivo. La Sagrada Familia, se inició en 1883 y será consagrada por el papa León XIV el próximo 10 de junio de 2026. Hace una semana se culminó la Torre de Jesucristo que, con sus 173 metros, es el edificio más alto de Barcelona y la catedral más alta del mundo.

Lo de menos son la altitud y los años. El “arquitecto de Dios” justificó la lentitud de las obras afirmando que su “cliente” no padecía del mal de prisas, que lo importante era conseguir una belleza tal que agradara a Dios y atrajera a los visitantes hacia él. “La Biblia en piedra”” y “el mejor libro para la catequesis”, fueron las metáforas utilizadas por Benedicto XVI para manifestar su asombro. Las tres fachadas ilustran la Natividad, la Pasión y muerte de Jesús y la Gloria. Las dieciséis torres llevan los nombres de los apóstoles y evangelistas. Las dos últimas se dedican a la Virgen María y a Jesucristo. Y todo ello sin subvenciones públicas.

Un último apunte. Antonio Gaudí fue declarado “venerable” en 2015, un título previo a la canonización que la Iglesia católica reserva a las “personas que han vivido las virtudes humanas en grado heroico”. Posiblemente la grandiosidad de esta obra se halla en la fe del artista, la caridad de los fieles y la perseverancia en el trabajo, más de 140 años,

La Tribuna de Albacete (20/04/2026)

domingo, 29 de marzo de 2026

Blanquear la muerte

 

            El 26 de marzo de 2026, Noelia Castillo murió en un hospital público acogiéndose a su derecho a la eutanasia. Tenía 25 años. Desde la Ley Orgánica 3/2021, el Registro Civil anota estos casos como “muerte por causas naturales”. La mayoría de los medios de comunicación han recibido con júbilo la noticia. ¡Por fin se ha conseguido el derecho a una muerte digna al amparo del Estado!

              Permítasenos unas reflexiones desde el Derecho natural, el que está en la base de las antiguas civilizaciones y en las declaraciones modernas de derechos fundamentales. El artículo 15 de la Constitución española considera la vida como un derecho fundamental e inviolable. ¿Y qué diremos cuando uno se quita la vida voluntariamente? Hasta hace poco, el suicidio se consideraba un pecado moral que impedía un entierro normal y un delito grave castigado hasta en su modalidad de tentativa. Hoy en día, el suicidio está despenalizado teniendo en cuenta la complejidad de las razones o enfermedades psiquiátricas que suele haber detrás. El art. 143 del Código Penal español sigue castigando, con prisión de 2 a 10 años, la inducción, cooperación y auxilio al suicidio de otra persona… excepto si se trata de la eutanasia aprobada en 2021.

              La eutanasia es, digámoslo claro, un suicidio asistido, practicado por organismos estatales siguiendo un protocolo preestablecido. El Estado ha blanqueado el suicidio llamándolo “muerte digna” y dándole la categoría de derecho fundamental, en paralelo al derecho a la vida. Consecuentemente, el suicidio ha quedado normalizado y el “Estado del bienestar en vida y muerte”, glorificado.

El Estado no puede evitar los suicidios (cada vez serán más simples y discretos), pero menos aún puede asistirlos. Lo que sí debe hacer el Estado, y no ha hecho en el caso de Noelia, es proteger a las familias-educadoras, fundamentar la tutela en centros de acogida “acogedores” y garantizar un sistema de cuidados paliativos. Me duele que estemos blanqueando la muerte estando la casa sin barrer.

La Tribuna de Albacete (30/03/2026)

domingo, 22 de marzo de 2026

El Habermas que nuestros políticos no quieren escuchar

 

    

              Dicen que los alemanes siempre han sido buenos filósofos porque fuera hacía mucho frío y habían de recluirse en el rincón de pensar de sus casas. Jurgën Habermas (1929-2026) es uno de esos filósofos que abrió el foco de la filosofía a la política y la sociología, sin ignorar el derecho, la economía y psicología. Los errores y horrores del nazismo le convirtieron en un ferviente defensor de la democracia. Pero para no volver a caer en los mismos errores y horrores, enfatizó los ingredientes necesarios de una democracia verdadera.

El pluralismo que caracteriza a todas las sociedades debe respetarse, al tiempo que se buscan los consensos mínimos para funcionar como sociedad. Las personas que se dedican a la política, añade, han de compartir un par de actitudes: la búsqueda de la verdad a través de la razón y la capacidad de dialogar y respetar los consensos. La historia nos demuestra que la democracia auténtica no es fácil … pero tampoco imposible, concluye. La confianza en el hombre moderno caracteriza a Habermas. Me gustaría ver que cara ponía en una sesión del Parlamento.

              La Constitución es el consenso fundante de una sociedad. En ella se recogen los derechos esenciales de las personas y las reglas básicas del juego político. No puede ser una ley inmutable, pues si cambian las circunstancias, es inevitable un replanteamiento de los consensos. Pero siempre habrán de respetarse  los cauces previstos por la vigente Ley Fundamental y exigirse que los nuevos consensos vengan respaldados por una mayoría similar.

              Dos buenas lecciones para nuestros políticos, y para los ciudadanos que les votamos. Si somos incapaces de pensar y deliberar utilizando la razón, si somos incapaces de buscar y respetar los consensos, podemos despedirnos de la democracia. Si la Constitución se interpreta según los intereses del partido o coalición dominantes, si se reforma a las bravas, se convertirá en un arma arrojadiza para castigar al adversario y dejar manos libres a los autócratas.

        La Tribuna de Albacete (23/03/2026)

domingo, 15 de marzo de 2026

Habermas cierra la escuela de Frankfurt

 

Acaba de fallecer J. Habermas, el último representante de la Escuela de Frankfurt. Tenía 97 años. Posiblemente el lector nunca ha oído hablar ni del difunto ni de la Escuela. Sin embargo, puede tener por seguro que nos ha influido, forma parte del ADN de los partidos progresistas de Occidente. La Escuela y la “Teoría crítica” que abanderó se fundaron en 1923, en pleno despegue del fascismo. Su punto culminante llegó tras la Segunda Guerra Mundial. Entre los fundadores destacan: T. Adorno (“La cultura de masas”), H. Marcuse (“El hombre unidimensional”), E. Fromn (introduce la pansexualización de Freud). En la segunda generación:  J. Habermas (“Comunicación y Ética del discurso”).

Estos intelectuales marxistas, tras constatar su fracaso en Europa, decidieron cambiar de estrategia en la línea sugerida por el politólogo italiano Antonio Gramsci (“La hegemonía cultural”). Desde la Universidad y los medios de comunicación había que reconstruir el relato marxista de la dominación y “deconstruir” las instituciones tradicionales que manipulaban nuestras conciencias: religiones dogmáticas, familia patriarcal, educación moral y sexual…

La Escuela de Frankfurt tuvo un fuerte impacto en el parisino Mayo de 1968. Su influencia en la ideología de género y el actual movimiento woke también es evidente. Con un matiz: la ideología ha desplazado a la razón. Un compañero me decía: “Yo disfrutaba dialogando con los marxistas de la Escuela de Frankfurt. Con los actuales ideólogos me resulta imposible. Han sustituido la razón por una opinión cambiante”. J. Ratzinger afirmó algo parecido en un debate público que sostuvo con Habermas, 14 meses antes de convertirse en el Papa Benedicto XVI. Les consideró hijos de la Ilustración que sustituyó la razón dada por Dios por la razón contra Dios. Sin Dios, el ser humano se ha ido degenerando hasta abjurar de la razón y el sentido común.

La Tribuna de Albacete (16/03/2026)

lunes, 9 de marzo de 2026

Pedro Trump o Donald Sánchez

 

Hay preguntas para todos los gustos y situaciones. Preguntas inteligentes o absurdas. Preguntas que buscan la verdad o la ocultan en un enunciado repleto de mentiras. Preguntas transparentes o capciosas (con trampa). Preguntas necesarias o retóricas. Y hay preguntas que son otra cosa.  Las que estos días preocupan a los españoles son: ¿Guerra o paz? ¿Trump o Sánchez?

              Trump y Sánchez tienen demasiadas cosas en común. La misma altura física (1,90 m). La misma altura moral e hipocresía; la demuestran predicando los valores éticos de los que ellos adolecen. Los dos son discípulos avanzados de Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. El poder es su único objetivo: llegar al poder, aunque sea con mentiras; aumentar el poder con el premio y el castigo de la zanohoria; eternizarse en el poder: “después de mí, el diluvio”.

              Estamos ante dos autócratas de manual. Les sobra el Congreso y los jueces, a quienes sortean con decretos-ley e indultos políticos. Les molesta la prensa libre y las instituciones que están por encima de los partidos. Eso sí, cientos de asesores que sepan manipular los datos y controlar el relato. Estamos ante dos narcisistas de pata negra que necesitan exhibirse en el escenario internacional, pues en su propio país no se atreven a pisar calle. Nada más llamativo que una guerra televisada. Una guerra de misiles lejos del suelo americano, o una guerrilla cultural contra la guerra de los yankis. El colmo de los desvaríos de un narcisista: los dos magnates se han autopropuesto para el Premio Nobel de la Paz y preguntan cada mañana a su espejito mágico: “¿Estoy en el lado bueno o malo de la historia? ¿Cómo me verán las generaciones futuras?”

              Hay preguntas que es mejor no contestar. “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”, ¡como si el niño pudiera prescindir del amor distinto pero complementario de sus padres! “A quién apoyas con tu voto, a Trump o a Sánchez?”, siendo que son cara y cruz de la misma moneda y absolutamente prescindibles. Propongo que los próximos carteles electorales pregunten: “¿Pedro Trump o Donald Sánchez?” Y que las opciones a elegir sean: “el primero, el segundo, ninguno de los dos”.

La Tribuna de Albacete (09/03/2026)