La semana pasada se otorgó el Premio Nobel de
Economía a R. Hall y M. Woodford “por su investigación sobre los fundamentos
microeconómicos de la estabilización macroeconómica”. Tras una larga investigación
de las causas y remedios de la inflación, los autores concluyeron que, además
de liberalizar los mercados, era preciso combinar una política monetaria
suficientemente restrictiva (subidas del tipo de interés) y una política fiscal
que respete el equilibrio presupuestario a medio y largo plazo.
Todas las
prescripciones económicas son discutibles. Ello no nos impide aprovechar el
Nobel de Economía 2026 para reflexionar sobre la necesaria estabilidad del
proceso económico. Para empezar,
hay que volver a dar la importancia que merece el control del nivel general de
precios. Una inflación alta dificulta el cálculo económico, lo que implica
destruir la inversión y el empleo. Los que más ganan son los grandes deudores,
entre los que se encuentra el Estado. Por eso los gobiernos se hacen los
remolones.
La
inflación se mueve en ciclos. En la
época dorada del capitalismo (1950-1970) la inflación fue relativamente baja, a
pesar de que la producción y el empleo crecían más que nunca. De 1975 a 1995 vivimos
una crisis de estanflación: altas tasas
de inflación y desempleo. La inflación se contrajo con la crisis global de 2007 y la pandemia. Volvió a
subir en 2025 y se aceleró en 2026. El pasado mes de agosto, la inflación
española fue del 4,2%, una de las más altas de la UE. Como la “tasa objetivo” del
BCE es del 2%, debemos esperar que éste eleve el tipo de interés de
intervención. Caerán la inversión y la creación de empleo. Aumentará el peso
del pago de intereses en el gasto público. El estado del bienestar solo podrá
mantenerse dandoo rienda suelta a la inflación.
¡Mal augurio
a quienes tratan de solucionar los problemas alimentando sus causas!
La Tribuna de Albacete (19/10/2026)