En febrero de 1936 se publicó uno de
los libros más influyentes (y controvertidos) de la historia del pensamiento
económico: “Teoría general del empleo, el interés y el dinero”. Habían pasado 7
años de la Gran Depresión. En Estados Unidos, un país que venía absorbiendo un
millón de inmigrantes por año, la tasa de paro subió al 15% de la población
activa en 1929 y al 25% en 1933. En su obra magna, Keynes trató de explicar que
el pleno empleo no estaba asegurado en una economía de mercado y que no se
corregiría automáticamente por la caída del salario cuando detrás había un
problema de demanda.
Este problema no radica en el consumo,
que crece paralelamente a la producción y renta. Tampoco en la inversión si el ahorro
nacional (renta no consumida) se reinvirtiera automáticamente. Lamentablemente,
la inversión privada seguirá cayendo cuando se depriman las expectativas de
demanda, o se tema una subida impositiva que diezme los beneficios
empresariales, o si el ahorro acaba en inversiones especulativas que generan
plusvalías pero no empleo. En estos casos, Keynes aconseja estimular la
inversión privada con políticas monetarias que reduzcan el tipo de interés y
con políticas fiscales que faciliten la inversión pública. A través del efecto
multiplicador, esta última estimularía la inversión privada.
Las explicaciones y propuestas de Keynes animaron a los políticos a multiplicar el gasto público. Antes de la Gran Depresión, su peso en el PIB estadounidense rondaba el 15%. Hoy está en el 39%. Varios países de la UE ya han superado el 50%. Si Keynes levantara cabeza, posiblemente clamaría: “Me habéis malinterpretado. El Estado ha fagocitado la iniciativa privada, motor del crecimiento y bienestar en Occidente durante más de 200 años. Espero que, antes de que lleguemos al centenario, hayáis entendido el mensaje de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero”.
La Tribuna de Albacete (23/02/2026)