En sus programas económicos, los políticos siempre proponen más de lo que pueden dar. En campañas electorales, la distancia raya en una tomadura de pelo. Que si crearemos tantos miles de empleos. Pero ¿puede el sector público crear empleo por encima de las plazas para funcionarios? Que si reduciremos el alquiler. Pero ¿qué pasaría si los propietarios reaccionaran restringiendo la oferta de pisos en alquiler? Que si elevaremos el salario mínimo y las pensiones. Pero ¿lograrán un aumento real si son incapaces de controlar la inflación? Que sí daremos una renta básica universal, a los individuos desde la cuna a la sepultura. Pero ¿de dónde saldrá el dinero si los ciudadanos se conforman con esa subvención y dejan de trabajar?
Para
no tropezar cada cuatro años con la misma piedra, los ciudadanos debieran
preguntarse por los efectos de estas medidas intervencionistas a corto, medio y
largo plazo. No menos importante es cotejar los efectos reales de las políticas
que van a favor o en contra del sentido común en economía.
A
mi entender, el punto fuerte de los partidos liberales (sin ignorar sus muchas
deficiencias) es que son conscientes de los incentivos perversos que derivan de
algunas medidas intervencionistas en seres tan egoístas y perezosos como los
humanos. Un ejemplo. Silvia Meloni, presentó hace unos días los resultados de hacer
más restrictiva la renta ciudadana para no estar subvencionando de por vida a
personas en edad y condiciones de trabajar. Los resultados de la economía
italiana han sido aleccionadores. La tasa nacional de paro ha descendido del 13%
al 6,3%. En el sur de Italia, donde la tasa de paro llegaba al 20%, ahora es
del 10,7%. Los jóvenes se han visto obligados a buscar trabajo para ganarse el
sustento… y lo han encontrado. ¡Tres hurras por la economía del sentido común!
La Tribuna de Albacete (1/11/2026)