Desde mediados del siglo XX, la política argentina ha
estado dominada por el peronismo. En su primer mandato (1946-52), Juan Domingo
Perón instauró un “capitalismo de estado” que acercaba el fascismo al socialismo.
La esencia del peronismo es la dirección del proceso socioeconómico “desde
arriba”, por un autócrata omnisciente y benevolente aplaudido por el pueblo. ¿Quién
osaría derrocar a un gobierno que prometía unos servicios públicos similares a
los del paraíso europeo? En el siglo XXI, con los esposos Kirchner, el
peronismo se revitaliza en el plano político. En el económico, se mantuvo
gracias al espejismo de la inflación y la bola de nieve de la deuda pública que
se iba empujando hacia el futuro.
En 2023 apareció un tal Javier Milei que se
atrevió a enfrentarse a los partidos convencionales que defendían el capitalismo
de estado y el estado del bienestar. Contra todo pronóstico, ganó en segunda
vuelta las elecciones presidenciales con un mensaje liberal- Y, lo que es más
sorprendente, lo puso en práctica desde el primer día. El déficit público se
convirtió en superávit; la hiperinflación, en una inflación moderada; el riesgo
país cayó. Lo que no ha logrado (al
menos hasta ahora) es impulsar el crecimiento y reducir el peso de la deuda
exterior. Esto no es óbice para que sea el presidente mejor valorado tras tres
años en el cargo.
Con
todos sus claroscuros, tanto Javier Milei en Argentina como Nayib Bukele en El
Salvador han demostrado que es posible romper los círculos viciosos de la
política y la economía. El siguiente reto es crear equipos de gobierno inmunes
a la corrupción y respetuosos de las esencias del estado democrático de derecho.
En el plano económico, lo mejor que puede hacer un gobierno es crear las condiciones
favorables a la inversión privada, fuente de la productividad, el empleo, el
progreso económico y el bienestar social.