La Bolsa de Valores es una de las instituciones más
emblemáticas de las economías capitalistas avanzadas. Además de facilitar la
financiación de macroproyectos empresariales, la Bolsa permite la valoración de
tales empresas a tiempo real. El valor económico fundamental (VEF) de una sociedad
anónima depende de la capitalización de sus beneficios. Si estos se estiman en
un millón anual de euros y si la tasa media de beneficios asciende al 5%, nuestra
empresa valdrá: 100/0,05=2.000 millones de euros.
El
parqué bursátil se presta a ser utilizado como un foro de juegos especulativos.
Los inversores financieros apuestan por los títulos que consideran
infravalorados y los revenderán cuando sus expectativas se confirmen. El
problema es que la euforia puede extenderse a todos los títulos y disparar las
cotizaciones muy por encima de su VEF. En su libro Manías, pánicos y cracks,
Charles Kindleberger explica las pequeñas y grandes crisis bursátiles en tres
fases. Al auge que acabamos de describir, sigue el pánico cuando los
inversores más expertos se lanzan a vender, conscientes de que las acciones
están sobrevaloradas. Todo acaba en un desplome general que arruinará a quienes
compraron caro y no fueron capaces de revender a tiempo. El pinchazo de una
burbuja bursátil fuerte, suele llevar a una crisis económica general como
ocurrió en 1929 y en 2007-08.
Estos
procesos pueden ser largos y dolorosos. En España. el IBEX-35 alcanzó los
16.000 puntos en el 2006 gracias a la construcción de viviendas y a los bancos hipotecarios
que las financiaban. Tras la crisis del 2008, cayó a 10.000 puntos y no volvió
a recuperar su nivel de partida hasta el año 2025. Desde entonces empezó un
rally alcista que ha llevado el IBEX a 17.881 puntos. Todo hace temer que, al
primer síntoma de recesión y/o inflación descontroladas, asistiremos a un
desplome del mercado bursátil e inmobiliario que engullirán a la economía real.
Si, otra vez, seguimos sin aprender de los errores del pasado.
La Tribuna de Albacete (02/02/2026)