Hay muchos tipos de golpe de Estado. El 23F (1981) recuerda un golpe clásico. Tejero, entró en el Congreso de Diputados, pistola en mano, con la confianza de animar a las fuerzas armadas a derogar la Constitución de 1978 y reinstaurar la monarquía absoluta. El golpe iniciado por José Luis Rodríguez Zapatero en 2004 y proseguido por Pedro Sánchez desde 2018, es un golpe pausado, suave, de terciopelo. Los dos presidentes trataron de desmantelar el régimen político de 1978 para que el Gobierno tuviera mayor libertad de movimientos. Sin derogar la Ley Fundamental, se aseguraron de que el Tribunal Constitucional la reinterpretaría a conveniencia del Gobierno. ¿No es esto un golpe de Estado?
El enemigo a batir ya no sería el
terrorismo de ETA o el independentismo catalán, sino el PP y VOX partidarios de
una Ley Fundamental muy garantista. Para gobernar, ya no haría falta ganar las
elecciones sino sumar el 51% de los votos y asegurar la fidelidad de los socios
dándoles el doble de lo que piden y recordándoles el mito de la caverna. Para mayor seguridad había que atraer el voto
de los 11 millones de pensionistas y los cientos de miles de emigrantes que
cada año entran en España
¿Y de dónde conseguiría tanto dinero? Un
buen socialista no se arredra por la falta de dinero. Zapatero y Sánchez basaron
la suficiencia financiera en el aumento de la imposición a los ricos. Luego, en
la emisión de deuda que la UE compraría a coste cero y, llegado el caso, condonaría.
¿Cómo iba a dejar quebrar a un país tan importante para la UE como España?