Hace unos días escuchamos los ataques
del presidente de EE.UU. contra el Papa. Digo bien, el ataque personal lo
lideró Donald Trump, sintiéndose aludido por un mensaje de León XIV que tiene
más de 2000 años de antigüedad y que ha sido elevado a la categoría de los valores
fundamentales desde la encíclica de Juan XXIII, Pacem in Terris: “Nada
se pierde por la paz, todo puede perderse con la guerra”.
En tiempos de Jesús, los judíos
defendían la ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Los romanos
miraban hacia delante: “Si quieres la paz, prepara la guerra”. Las actuales “guerras
preventivas” y la competencia por exhibir armas cada vez más letales y
rentables, implican un paso atrás. La Iglesia católica, basándose en la ley
natural, solo justifica la guerra en defensa propia y siguiendo los pasos marcados
por el derecho internacional.
León XIV no se olvida de mostrar la otra
cara de la moneda: la paz. La verdadera paz, la que Cristo propuso para el Reino
de Dios en la tierra, ha de estar cimentada en la justicia y la dignidad de las
personas. Cita al papa Francisco para referirse a un “proceso artesanal y
permanente”, en el que cada uno da lo mejor de sí para sembrar la paz en su
entorno. El “no a la guerra” degenera en un eslogan vacío e hipócrita cuando lo
proponen políticos que solo buscan conseguir votos para mantenerse en el poder;
y lo cacarean personas que tratan de esconder su incapacidad de mantener la paz
en su entorno social y en su propia familia. “La verdadera fuerza
(pacificadora) —concluye León XIV— se mide en el servicio a la vida y la
solución de los problemas concretos de las personas”.
Personas pacíficas que busquen la paz
por encima de sus intereses políticos, eso es lo que falta.
La Tribuna de Albacete (20/04/2026)