domingo, 26 de abril de 2026

Cueva de ladrones

            El próximo 8 de junio, durante su visita al Reino de España, León XIV tiene una cita en el Palacio de las Cortes donde se reunirán el Congreso y el Senado. ¿De qué hablará? Sabiendo que Robert Prevost, antes de Papa, fue el Prior General de la Orden de San Agustín, yo espero un discurso que recoja la espiritualidad sociopolítica de su santo patrono. Algo en la línea de lo que predicó en Guinea Ecuatorial el pasado 21 de abril ante la plana mayor de los políticos del país.

San Agustín se convirtió al cristianismo a los 32 años, corría el año 387. El libro-testamento social, que nos dejó en el 426, “La Ciudad de Dios”, explica el contraste entre una civilización basada en la gracia y el amor frente a otra basada en el pecado y el egoísmo. En la primera (el “Reino de Dios en la Tierra”), los hombres y mujeres de todas las edades vivirían (tratarían de vivir) los gozos y tristezas de su vida terrenal cumpliendo la voluntad de Dios-Padre, que se concreta en el amor a nuestros hermanos. El amor a Dios nos ayuda a olvidarnos de nuestros intereses egoístas y asegura una paz cimentada en la justicia.

Lamentablemente, los hombres que habitamos la Tierra estamos sujetos a los reclamos del egoísmo personal. Si lo alimentamos, acabaremos por olvidarnos de Dios y machacar a los hombres, empezando por los más cercanos. A escala global, los resultados no pueden ser otros que la injusticia del tirano, la violencia y la guerra.

               Corresponde a las autoridades crear las instituciones que nos estimulen a dar lo mejor de nosotros mismos. A dictar unas leyes justas y tratar de que todos las cumplan, empezando por quienes las dictan. Su conclusión es tan fuerte como clarividente: cuando las autoridades políticas y religiosas de un país anteponen el interés propio al bien común, tanto el Senado como  el Templo se convierten en una cueva de ladrones.