Nunca había visto tan eufóricos a los
presidentes de los EE.UU. y España. Trump se jacta de dominar el mundo con sus guerras
de diseño y amenaza con destruir civilizaciones milenarias. Sánchez se presenta como el adalid del derecho
internacional y pinta pancartas con el lema “no a la guerra”. Los dos aprovechan la ocasión para salir a los
platós extranjeros y exhibir lo que sea. Comprensible, pues en sus respectivos
países, no pueden pisar la calle. Lo típico de autócratas prepotentes que
ningunean las instituciones y el derecho nacional. En el extranjero, donde apenas
se les conoce, todo es más fácil. No me extrañaría que, dentro de unos meses, ambos
se volvieran a postular al premio Nobel de la Paz.
Los
dos han aprendido a hacer de la necesidad (la guerra) virtud (la compra de
votos). Nuestro presidente presentó en el Congreso unas medidas extraordinarias
contra la crisis de estanflación que se avecina. Anunció todo tipo de
subvenciones para los damnificados: transportistas, trabajadores agrícolas y
nuevos parados. La falta de presupuestos no le preocupa. Al contrario, su
gobierno tendrá las manos libres para gestionar con mayor discrecionalidad los
fondos europeos y los provenientes de los ingresos extraordinarios catapultados
por la inflación.
El ADN de la izquierda comunista le impulsa
a organizar la sociedad “de arriba – abajo”. La derecha liberal prefiere que la
sociedad se organice ella misma “de abajo – arriba”. Pero los autócratas como
Trump y Sánchez pasan de ideologías. Su instinto político les insinúa cómo
aprovechar las circunstancias para fidelizar los votos de sus admiradores. Las
guerras, pandemias y grandes crisis económicas son una oportunidad de oro para
conseguirlo. Me temo que a todos los políticos les va bien una guerra detrás de otra, por
aquello de “a río revuelto, ganancia de pescadores”.
La Tribuna de Albacete (13/04/2025)