Joan
Robinson, la más peleona de los discípulos de Keynes, aconsejó incluir en el
bachiller una asignatura de Economía para que los ciudadanos no se dejaran engañar
por los políticos, sobre todo los aficionados a camuflar su ideología en estadísticas. La
semana pasada, el Gobierno español sacó pecho al presentar los datos económicos
del último trimestre de 2022. El PIB español había crecido un 0,2%, desmintiendo
a los agoreros de recesiones. En el conjunto del año, el PIB creció un 5,5%,
como en los mejores tiempos.
Los datos podían leerse bajo un
prisma más realista. El 5,5% era el resultado lógico después del parón de la
pandemia. Lo que resulta más difícil explicar es que la recuperación se hubiera
detenido antes de llegar al PIB de 2019. Eso suponiendo que los datos no hayan
sido manipulados. Pasar del -0,2 al +0.2 se consigue fácilmente postponiendo la
contabilización de las últimas facturas.
La veracidad de los datos estadísticos y la
forma correcta de presentarlos siempre estarán en entredicho. Todos recordamos
el debate económico entre el Pedro Solbes y Manuel Pizarro aquel 21 de febrero
de 2008. El primero (Ministro de Economía con Zapatero) negó la amenaza de crisis
en base a los datos “publicados”. No quiso leer los últimos datos ni los
indicadores adelantados que hacían temer una recesión tan fuerte como la que estalló
en octubre del 2008.
Las definiciones estadísticas
tampoco hay que verlas como un dogma de fe. Oficialmente se declara una
recesión después de tres trimestres consecutivos de caída del PIB. La evolución
del empleo y desempleo aportaría un enfoque más realista. La menor tasa
de paro (12,48%) se registró en el segundo semestre de 2022. Durante el tercer
y cuarto trimestre recuperó su marcha alcista llegando al 12,87. Eso sin contar
las 600.000 personas con “contrato indefinido-discontinuo” que antes se
llamaban simplemente “parados”.
La Tribuna de Albacete, 30/01/2023