lunes, 8 de septiembre de 2025

Modernidad (2): Ciencia y universidad

 

Seguimos con el estudio de la revolución de la modernidad contra la “sabiduría” que se explicaba en las universidades de la Edad Media, una simbiosis de la filosofía greco-latina y la cristiana. En esa síntesis se enfatizaba la existencia de verdades objetivas que la razón era capaz de conocer y podía aplicar para mejorar la condición del ser humano, nunca para rebajarla.

La revolución de la modernidad alcanza su zénit en el siglo XIX con nuevas versiones de la ciencia, la tecnología y la enseñanza universitaria. La acumulación del capital hizo posible el crecimiento acelerado de esos tres elementos. Lamentablemente, faltando unas raíces saneadas, el proceso adoleció de altibajos y confusiones. La primera falla deriva de negar la existencia de verdades científicas y morales objetivas. Solo era científico (y por ende, objeto de estudio en las universidades) aquello que podía medirse y tratarse en un laboratorio. El estudio filosófico pasó a ser una rémora de tiempos oscuros. La segunda falla, fue creer que todo lo que salía de esos laboratorios era “neutral”, ajeno a cualquier valoración moral. La ciencia y la tecnología, el beneficio y la utilidad, pasaron a ser los criterios de moralidad.

La fragmentación es otra de las características de la modernidad. Es un avance que los centros de investigación se especialicen en el diagnóstico y cura de las enfermedades actuales. Nos parece un retroceso, empero, que esos centros no compartan unas bases comunes que les permitan enriquecerse mutuamente. El resultado final es que los científicos y profesores son incapaces de reflexionar sobre temas y métodos ajenos a su especialidad.

Me permito sugerir el título de un libro a escribir por profesores universitarios jubilados: “Viejos recursos para afrontar los problemas perennes de la humanidad que que la modernidad no ha hecho más que empeorar”.

La Tribuna de Albacete (08/09(2025)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Modernidad, quién te ha visto y quién te ve

            Las vacaciones veraniegas son una magnífica oportunidad para tocar el fondo de las cuestiones cruciales que enmarcan nuestra manera de pensar y actuar. Yo las he aprovechado para recordar el cambio radical que se produjo en Europa (y, por contagio, en el resto del mundo) bajo la bandera de “la modernidad”. Desde el siglo XVI las élites intelectuales se confabularon para eliminar el legado de la Edad Media, sin discriminar entre los materiales obsoletos y aquellos que resultaban esenciales para construir personas juiciosas y sociedades pacíficas.

               Ante todo, la modernidad se afanó por diluir ese Dios que el vulgo situaba por encima del hombre. Para conseguirlo fue necesario aniquilar las religiones que decían lo contrario (el cristianismo en particular), amén de las familias que mantenían, generación tras generación, la fe en Dios y en la Iglesia.

            La modernidad trastocó los fundamentos filosóficos que los pensadores cristianos (San Agustín y Sto. Tomás) derivaron de la Grecia clásica. El subjetivismo y el relativismo desplazaron a la ley natural que nos permite saber quién es el ser humano y qué principios objetivos deben regir su comportamiento. Los avances científicos y tecnológicos reemplazarían la fe y esperanza que animaron a los incultos hombres del medievo.  El Estado democrático de Derecho aseguraría la justicia y la paz.

        Lamentablemente, estas ideas han sido enterradas por sus propias contradicciones dando origen a la “postmodernidad”. El ateísmo, subjetivismo y relativismo han hurtado el sentido de nuestras vidas y nos han enfrentado unos contra otros a una escala desconocida. El mejor ejemplo del sinsentido de la postmodernidad lo suministra el feminismo radical a tenor del cual ya no hay hombres ni mujeres, cada uno decide el sexo con el que se identifica en cada momento. Lo peor: a esto se le llama “progreso”.

La Tribuna de Albacete (1/09/2025)

 

domingo, 27 de julio de 2025

El Príncipe (y 3)

 

Acabo la saga de mis artículos sobre El Príncipe reproduciendo algunos consejos que Maquiavelo dirige a la persona que se atreviera hacer de Italia un nuevo Estado-Nación, a semejanza de lo que habían conseguido España y Francia.

El capítulo XXII nos recuerda el proverbio castellano: Dime con quien andas y te diré quién eres. “No es asunto de poca importancia para un príncipe la elección de sus ministros. Éstos son buenos o malos según la prudencia del príncipe mismo; de ahí que el primer juicio que nos formamos sobre la inteligencia de un señor sea a partir del examen de los hombres que tiene a su alrededor: cuando son competentes y fieles se le puede tener siempre por sabio, puesto que ha sabido reconocer su competencia y mantenérselos fieles. Pero cuando son de otra manera, hay siempre motivo para formar un mal juicio de él, puesto que su primer error ha sido precisamente elegirlos (…)”

El capítulo XXIII se centra entre los consejeros del Príncipe. “No quiero dejar sin tratar un punto importante y un error que difícilmente evitan los príncipes, excepto sin son extremadamente sabios. Se trata de los aduladores que proliferan en las cortes”.  Maquiavelo recomienda limitar las consultas a las personas que se atreven a decir la verdad, siempre y cuando se ciñan a lo que les pregunta su señor y acepten sin rechistar que su consejo sea ignorado. Por encima de todo, el Príncipe ha de dejar claro quién es el que manda.

Maquiavelo advierte que ni siquiera estos consejos garantizan el éxito permanente del golpe de Estado que, de alguna manera el príncipe trata de perpretar. El azar o un revés de la fortuna (digamos una riada) pueden arrastrar a los políticos imprudentes que no aprovecharon los años de sequía para construir diques que perpetúen su poder. No te lamentes tanto de la mala fortuna, como de tu indolencia, les dice.

Advertencia: cualquier parecido con la actual realidad española NO es pura coincidencia.

La Tribuna de Albacete (28/07/2025)

domingo, 20 de julio de 2025

El Príncipe (2)

 

En la columna de la semana pasada comentamos “El Príncipe” de Maquiavelo, ese libro iconoclasta publicado en 1532. El Príncipe desvela que, por regla general, el objetivo de los políticos es llegar al poder y perpetuarse en él (como sea). Y, de paso, acrecentar el alcance y discrecionalidad del poder (como sea). Las palabras escritas entre paréntesis reflejan el principio básico del maquiavelismo: “el fin justifica los medios”.

Hace unos días, un ministro español afirmó solemnemente que “mientras la estupidez y la codicia existan tendremos corrupción en la política”. Las redes (y los propios políticos) no tardaron en criticar las palabras del Sr. Puente por el desprestigio que podían generar hacia la actividad política y la misma democracia. Los más ortodoxos insistieron en multiplicar los reglamentos y funcionarios anticorrupción. Maquiavelo hubiera matizado que los políticos no son ciertamente los más listos, pero sí muy astutos. Tan astutos que logran convencer al pueblo que el interés general coincide con el suyo (que incluye a su familia de sangre y/o política). Para asustar a los indecisos gritan que cualquier cambio en el poder político sembraría el caos.  Por otra parte, ¿quién controlaría a los inspectores y los inspectores de los inspectores?

No todo son mensajes tóxicos en el libro de Maquiavelo. Yo aprendí tres lecciones importantes. La primera es educar en el realismo. Niños y adultos deben conocer las tentaciones a las que están sujetos los políticos y que ellos mismos tendrán que combatir si algún día se dedican a esos quehaceres. La segunda lección recomienda limitar el poder, la discrecionalidad y el tiempo de los políticos.  La tercera nos anima a castigar con nuestro voto a los políticos y organizaciones envueltos en cualquier  tipo de corrupción e hipocresías.

Lamentablemente estas tres lecciones quedarán en humo si no volvemos a prestigiar la ley natural. Esa ley que se concreta en tres líneas rojas: no matar, no robar, no mentir.

La Tribuna de Albacete (21/07/2025)

 

domingo, 13 de julio de 2025

El Príncipe (1)

 

El Príncipe es una obra clásica del Renacimiento escrita por Nicolás Maquiavelo en 1513, aunque no se atrevió a publicarla en vida. El estadista y filósofo italiano dio un giro decisivo a la Filosofía Política de la antigua Grecia y la cristiandad medieval. El típico análisis normativo se preguntaba sobre cómo debía actuar un “buen político”. Él análisis “positivo” o “realista” nos informa de cómo actúan los políticos de carne y hueso para conquistar el poder e incrementarlo a lo largo del tiempo. El Príncipe se inspiró en Fernando el Católico. A quien lo lea quinientos años le recordará otro personaje español que no hace falta mencionar.

Maquiavelo observa que para triunfar en la política es más importante la astucia que la inteligencia. La mayoría de los intelectuales son incapaces de conectar con el pueblo. El político exitoso es el que atrae al pueblo en base a promesas fantasiosas y todo tipo de prebendas. Tampoco la verdad es un valor que preocupe demasiado al político. Al pueblo solo le preocupa la seguridad y el bienestar material. Le cautivará fácilmente el político que, a base de soflamas, “asegure” la solución de todos sus problemas, para siempre y sin esfuerzo. El político exitoso reemplaza los principios por las opiniones. Y cambiará de opinión tantas veces como sea conveniente para aumentar su poder. El príncipe exitoso  debe ser amado y temido por el pueblo. El amor se reduce a un juego de apariencias. El temor, en cambio, requiere castigos reales y ejemplarizantes.

“El fin justifica los medios”. Posiblemente esta es la frase que mejor resume un libro tan iconoclasta y la que mejor presagia las consecuencias de una sociedad regida por políticos como “El Príncipe”. Entre los poderosos, una guerra sin cuartel que fomenta la corrupción, la calumnia, la cárcel y el asesinato. Entre el pueblo, pan y circo, ignorancia y hambre.

La Tribuna de Albacete (14/07/2025)