domingo, 21 de mayo de 2023

Salvar al soldado Ryan

 

Un compañero de la UCLM me confesó antes de jubilarse. “Estoy a punto de perder la fe en la democracia por la que tanto luché. Se ha convertido en una partitocracia. El partido que gana las elecciones coloca a todos sus amiguetes en el ejecutivo, convierte al Parlamento en su cortijo y controla el poder judicial nombrando la mayoría de los magistrados. El único bastión que sostiene la democracia son las urnas. Yo sólo me siento libre y poderoso el día de las elecciones, cuando me pongo detrás de la cortina e introduzco en un sobre la lista que me parece menos mala. Suele ser la del partido en el que me crié. Pero, cuando me siento engañado por él, no me privo de la satisfacción de castigarlo”.

Lamentablemente, el último bastión de la democracia, el último soldado que la defiende, también está amenazado de muerte. En España se ha venido haciendo de una forma más discreta que en Latinoamérica pero no menos efectiva. Del País Vasco hubieron de huir muchos que no comulgaban con el independentismo y sus métodos terroristas. El Gobierno de turno compra a los colectivos fácilmente manipulables mediante subvenciones. ¿Cómo no van a votarle los nueve millones de pensionistas si cada día oyen que les han subido las pensiones y lo seguirán haciendo si siguen en el poder?

Recientemente hemos visto ataques directos al núcleo del sistema electoral. En Melilla se ha disparado el voto por correo. Al parecer una mafia política paga 200 euros por voto. Me extraña también el cambio antes de las elecciones del director general de Correos y el presidente de la empresa que gestiona el recuento electoral (Indra).

¡El 28 de mayo tenemos una cita en las urnas para salvar al soldado Ryan y a la sociedad libre y democrática que representa!

La Tribuna de Albacete (22/05/2023)

domingo, 14 de mayo de 2023

Cuando el derecho y la razón retroceden

 El ser humano se diferencia del resto de seres vivos por su capacidad de razonar. Razón lógica que nos permite entender las cosas tal como son; razón moral que nos permite distinguir entre las cosas buenas (a promover) y las malas (a evitar); razón jurídica que estructura los derechos y deberes de las personsas. Conjugar los tres tipos de racionalidad es la clave de cualquier civilización.

 Pongamos el caso del aborto. Las preguntas pertinentes serían tres. (1) ¿Aceptamos que la vida es un derecho fundamental tal como recoge la DUDH de 1948 y el artículo 15 de la CE de 1978. El artículo 51.1 recuerda que la vida vincula a todos los poderes públicos y, en caso de ser necesaria regularla, han de respetar su “contenido esencial”. (2) ¿Cuándo empieza la vida humana? Los genetistas, que son quienes deben responder esta pregunta, coinciden que la vida empieza en el momento de la fecundación. Tolo lo que sigue es un mero desarrollo de esa vida incipiente. (3) ¿Estamos dispuestos a ayudar a la mujer que se encuentra ante un embarazo no deseado por todos los medios posibles, incluyendo la adopción del niño?

 En la sentencia del pasado martes, los 7 magistrados del TC español nombrados por el Gobierno actual respondieron “NO, NO, NO”. La vida del nasciturus NO es un derecho fundamental, ni tiene un contenido esencial que no pueda machacarse por el nuevo derecho a la libre autodeterminación de la mujer. El nasciturus NO es un ser humano si la mayoría de los diputados o jueces así lo afirma; los científicos a sus laboratorios. NO hace falta ayudar a la mujer. Esta disfruta ejerciendo sus nuevos derechos y pronto olvidará la zozobra que en algún momento pudo sufrir a causa del embarazo y su “interrupción”.

 Resultado. No solo hemos perdido un derecho fundamental (el derecho a la vida) sino que estamos ahogando nuestra razón lógica, jurídica y moral. ¿Podrá subsistir la civilización occidental si matamos a todo ser que nos moleste y si prohibimos pensar en el significado profundo de lo que estamos haciendo?

La Tribuna de Albacete (15/05/2023)

lunes, 8 de mayo de 2023

El contrapeso territorial

 La democracia se define como el gobierno del pueblo a través de los representantes elegidos periódicamente en las urnas. ¿Pero quién la defenderá de unos representantes convertidos en depredadores del poder? Desde Montesquieu (1748), la democracia fue protegida mediante la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Son los “frenos y contrapesos” (checks and balances) a los que se refirieron los padres de la Constitución americana de 1787.

Lamentablemente, estos tres contrapesos se han deteriorando con el paso del tiempo. Por razones de eficiencia, el poder ejecutivo ha controlado al legislativo desde siempre, y cada día con mayor descaro. El Parlamento se limita a aprobar las leyes propuestas por el Gobierno, cuando no a refrendar los decretos-leyes aprobados la noche anterior en el Consejo de Ministros. El Tribunal Constitucional todavía podría declarar esas normas inconstitucionales. Pero esto deja de ser cierto cuando la la coalición gubernamental elige la mayoría de los magistrados entre sus antiguos ministros o personas de probada fidelidad política.

Afortunadamente, en los países federales y afines, las autoridades autonómicas y municipales han actuado como contrapoderes del gobierno nacional. Para que prevalezca este sistema sobrevenido de contrapesos, los votantes deben asegurar unos ayuntamientos y comunidades independientes. Y deben castigar a sus representantes territoriales cuando han demostrado ser una mera correa de transmisión del Gobierno central, por más que digan lo contrario durante los periodos electorales. Bajo ningún concepto estamos obligados a respaldar a los políticos nacionales que han engañado a propios y ajenos para mantenerse en el poder, poniendo en peligro la esencia de la CE. A saber: el Estado democrático de derecho y la propia Nación española.

lunes, 1 de mayo de 2023

Morir de éxito

 

Uno de mis economistas preferidos es J. A. Schumpeter. Se especializó en plantear preguntas incómodas y ofrecer respuestas tan originales como desconcertantes. En 1942, después de su catastrófica experiencia como ministro de Finanzas de la República de Weimar, escribió el libro “Capitalismo, Socialismo y Democracia”. Ya en la primera página enunció las dos preguntas que le acuciaban: ¿Puede democratizarse el socialismo? ¿Puede sobrevivir el capitalismo? A las dos cuestiones respondió con un NO categórico.

El socialismo (lo que luego se llamaría “comunismo”) no puede democratizarse porque si los ciudadanos recuperan la libertad lo primero que harán es escapar del “paraíso socialista” donde les obligan a vivir. El capitalismo, por su parte, está condenado a morir de éxito. Los sindicatos aumentarán progresivamente sus exigencias hasta acabar con la gallina de los huevos de oro. Desde la universidad pública, la mayoría de intelectuales se pasarán el día criticando al opresor sistema capitalista que les da de comer. Desde luego, sin legitimidad social y sin preservar las instituciones fundamentales (propiedad privada y libertad de empresa), no hay sistema que se mantenga.

Para entender al economista austriaco nada mejor que analizar las propuestas de los partidos políticos españoles en un año electoral. Aumenta las personas que reclaman una subida permanente de los salarios aun cuando la productividad continúe estancada. Y un aumento de las pensiones superior a la de los salarios a sabiendas de que las primeras dependen de los los últimos. El catálogo de los servicios públicos no para de crecer. El derecho a una vivienda digna y gratuita, ya sea por la vía de la concesión o de la ocupación, ha pasado a ser una nueva forma de ganar votos. Los gobiernos se comprometerán a crear millones de puestos de trabajo estable, a sabiendas de que ellos solo pueden nombrar funcionarios. Esos gobiernos disfrutan regalando el dinero ajeno. El PSOE bendijo a los jóvenes que cumplían 18 años con 400 euros. Sus socios más radicales han elevado esa cifra a 20.000. Por supuesto, estos jóvenes no están obligados a dar nada a cambio.        

¿Entiende ahora qué significa “morir de éxito”?

La Tribuna de Albacete (1/05/2023)

domingo, 23 de abril de 2023

La adicción a subvencionar con dinero ajeno

 

Hemos entrado en año electoral. El PSOE subirá el volumen del discurso oficial al que nos tiene acostumbrados. España va bien. Diferentes circunstancias externas se han alineado contra nosotros. A saber, los estertores de la gran depresión del 2008, la pandemia universal de 2020, la guerra de Putin, la inflación internacional… Sin embargo, gracias al buen hacer de la coalición de izquierdas, la economía española ha sorteado todos estos problemas externos y ha salido fortalecida. Ni siquiera la deuda pública acumulada debe asustarnos. Los buenos políticos sabemos cómo refinanciar la deuda y, cuando la bomba de la deuda esté a punto de explotar, pediremos al BCE que la condone. ¿Cómo va a permitir la quiebra de uno de los estados más antiguos y grandes de la UE?

El primer paso para despertarnos de este sueño es reconocer que esas circunstancias extraordinarias son el mejor caldo de cultivo para el socialismo marxistoide en el que ha vuelto a caer el PSOE. Este se crece subvencionando a sus posibles votantes con dinero ajeno. Siguen hablando de gravar a los ricos, pero hace tiempo que lor ricos de derechas e izquierdas aprendieron cómo mover su riqueza para eludir impuestos. El pozo pozo sin fondo del dinero lo hemos encontrado en la UE. En los últimos años, además de las subvenciones para salvar bancos, empresas y trabajadores, el BCE ha comprado (a interés cero) toda la deuda pública emitida por el Estado español.   

Otras preguntas pueden ayudarnos a despertar del sueño marxistoide. ¿Hasta cuándo los países centrales de la UE subvencionarán a los mediterráneos sin “intervenir” el dinero que regalan? ¿Podrá subsistir la UE si la cultura del subsidio desplaza a la cultura de la innovación basada en la iniciativa privada? Me temo que una economía que huye hacia adelante a través de la cultura del subsidio y la inflación tiene los días contados. La adicción a subvencionar con dinero ajeno es una de las más letales que se conocen.

La Tribuna de Albacete (24/04/2023)