lunes, 21 de febrero de 2022

Las diez plagas de Egipto, las siete de Job y las nuestras

 “Las desgracias que están cayendo sobre nosotros me recuerdan las 10 plagas de Egipto”. Se lo oí a un amigo y fui a la Biblia para enterarme qué fue de ellas. La fortuna quiso que se abriera por el libro de Job. La vida le sonreía al honrado Job hasta que fue sorprendido por una serie de desgracias encadenas. Una tarde llegó a su casa un mensajero para decirle: “Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo. No había acabado de hablar cuando llegó otro mensajero con una noticia peor…” Así hasta 7 veces.

 Los últimos acontecimientos a escala planetaria pueden explicarse con un patrón similar. Cuando la humanidad vivía en la abundancia y presumía de su libertad, llegó un bichito que nos obligó a encerrarnos en nuestras casas. Todavía no se había marchado el bichito cuando fuimos azotados por volcanes, maremotos y huracanes. Mientras buscábamos cómo combatir el frío nos sorprendió una crisis energética y una sequía pertinaz para que recordáramos lo que era pasar frío y hambre. Siguió una crisis económica sin precedentes que mostró la inutilidad del dinero. De la noche a la mañana nos vimos envueltos en una guerra que vino del Este y pronto pasó a ser planetaria. A escala nacional, hacía tiempo que la democracia había sido sustituida por la partitocracia. Pero fue en ese momento cuando salieron a la luz las guerras internas de cada partido. La situación invitaba a que cada familia huyera al monte. Lamentablemente apenas quedaban familias y jóvenes para llevar los enseres.

 La historia de Job nos muestra la realidad de un mundo complejo donde las calamidades naturales se alinean con las miserias del ser humano. Se mantendrán firmes, y podrán contribuir a la recuperación, quienes confíen en Dios y cumplan sus mandamientos. Unas prohibiciones tan pasadas de mora como el no matar, no robar y no mentir.

lunes, 14 de febrero de 2022

Diálogo entre un político y su conciencia

 

El buen político y el buen surfista tienen una cosa en común: saben aprovecharse de las olas propicias. La última consiste en crear una comisión “independiente”, para juzgar los abusos de la iglesia católica a menores. Tras varios meses con la comisión a cuestas,  el político (*) oye la voz de su conciencia (-)

-¿Y de qué ha servido?

* Ha conseguido su objetivo fundamental: desprestigiar a la iglesia frente a los pocos (o no tan pocos) que todavía confían en ella.

- ¿Reconocerás, al menos, que el negocio de las comisiones se os han ido de las manos?

* Sí, por culpa de un traidor, el Congreso autorizó la investigación de los abusos a menores por parte de sus señorías. Además, cada partido tenía derecho a elegir una comisión “independiente” para investigar al partido rival. Cualquier político podía ser condenado si una persona le acusaba de haberla “tocado” antes de cumplir 18 años.

- ¡Los resultados estadísticos fueron de escándalo! Mientras que el porcentaje de sacerdotes abusadores en los últimos 50 años no llegaba al 1%, el porcentaje de parlamentarios superaba el 50%.

* Pero no acabó ahí la cosa. Tan entretenido resultaba el juego de las comisiones que alguien propuso: “¿Por qué centrarnos en el sexto mandamiento? Analicemos los delitos de odio incluidos en el quinto”. En el Hemiciclo se instaló una cámara dotada de inteligencia artificial. Tras analizar las caras de sus señorías, la máquina sentenció que el 100% de los diputados acumulaban niveles de odio tres veces superior al permitido por la ley. Sólo se libró el diputado dormilón.

- ¿Y cómo piensa que acabará el experimento?

* Te lo diré cuando analice el informe de la Iglesia que acabamos de recibir. Nos agradece el haber recordado a la ciudadanía la importancia de cumplir los mandamientos de la ley de Dios. Concluye que, si uno quiere participar de la inteligencia y justicia de Dios, antes ha de trabajar por conseguir un corazón sensato y misericordioso como el suyo.

lunes, 7 de febrero de 2022

Teatrocracia

 ¡Insuperable! El último sainete de la política española celebrado en el Congreso de Diputados no tiene desperdicio. Da para escribir un libro sobre la decadencia de la democracia en Occidente. En esta columna solo tengo espacio para fijarme en la primera de las anomalías, la madre del cordero

El objetivo de la sesión parlamentaria era convalidar el decreto ley sobre la Reforma Laboral aprobada por el Gobierno. El Congreso había de convalidarlo por mayoría absoluta para evitar la discusión parlamentaria.

 Algo chirría en mi mente. Abro la Constitución española y leo en el artículo 66: “Las Cortes Generales (Congreso y Senado) ejercen la potestad legislativa del Estado”. El art. 86 matiza: “En caso de extraordinaria y urgente necesidad, el Gobierno podrá dictar disposiciones legislativas provisionales que tomarán la forma de Decretos Leyes”.

La figura del decreto ley ha ido ganando protagonismo con el paso del tiempo. En los dos últimos años la excepción se ha convertido en norma. El Gobierno es quien legisla. Y no por razones de urgencia sino de conveniencia. Una manera sibilina de acallar a la oposición.

 ¿Y cómo justificar el sueldo de tantos los diputados? Les pondremos a hacer de jueces. Nombraremos comisiones para juzgar de todo lo humano y lo divino, del presente y del pasado. El veredicto de estas comisiones carece de valor jurídico, pero sirven para desgastar al adversario. El riesgo de que el tiro salga por la culata es mínimo; en cada comisión los diputados afines al Gobierno son mayoría.

 Algunos dirán que es la única forma de poner orden en esa jaula de grillos generada cada cuatro años por nuestro sistema electoral. Mi respuesta: cambiemos la ley electoral hacia un sistema de proporcionalidad estricta y doble vuelta. ¡Hagamos el sistema gobernable sin necesidad convertir el Parlamento en un teatro donde los actores principales son la hipocresía y el soborno.

lunes, 31 de enero de 2022

El salario de la discordia

Continuamos con nuestras reflexiones sobre la Reforma Laboral. La determinación del salario mínimo por el gobierno es uno de sus puntos más importantes y polémicos. Los economistas todavía no se han aclarado sobre la conveniencia de un salario mínimo.  

 Para la economía neoclásica (la dominante en la academia) lo peor que puede hacer un político es fijar precios. Rompería la dinámica natural hacia el equilibrio del mercado. A su entender existe un salario que garantiza el pleno empleo. Hacia él presionan la demanda y oferta del mercado laboral… mientras el gobierno y los sindicatos no impongan un salario mínimo. 

 Keynes rompió la baraja. El nivel de producción de equilibrio macroeconómico es compatible con un desempleo masivo y permanente. Tampoco existe un salario de pleno empleo. La evidencia histórica confirma que altas tasas de empleo se pueden conseguir con salarios bajos y altos.

 En economías abiertas, la tesis keynesiana resulta más difícil de justificar. Una subida del salario en el país A pueden erosionar la competitividad de sus empresas que es tanto como decir sus exportaciones y empleo. Contrarréplica keynesiana: lo que importan en la competitividad no es tanto el salario como el coste laboral unitario que tiene en cuenta la productividad de los trabajadores.  Alemania tiene salarios mucho más altos que España, pero su coste laboral unitario es menor debido a su superioridad tecnológica.

 Desde el punto de vista social surgen otras buenas razones para imponer un salario mínimo que permita una vida digna para cualquier trabajador. La condición es que estos salarios no redunden en destrucción de empleo. Para conseguir este difícil equilibrio deberían tolerarse exenciones temporales a las empresas en peligro de extinción. Mientras durase la tormenta, los empresarios y trabajadores de estas empresas podrían descolgarse del salario mínimo y de los pluses acordados en la negociación colectiva. 

La Tribuna de Albacete (31/01/2022) 

lunes, 24 de enero de 2022

Tocando el fondo de la Reforma Laboral

 

La Edad de Oro del capitalismo se sitúa en el periodo 1950-1970. A España llegó con cierto retraso, pero no menos fuerza (1960-1973). La presión competitiva (nacional e internacional) aceleró la inversión empresarial y trajo consigo un aumento del grado de mecanización de la industria, amén de la productividad. Los incrementos de productividad permitieron mayores salarios y mejores condiciones laborales. La llama de la inversión continuó encendida pues la tasa de benefició no cayó, mientras que el consumo de masas garantizaba la venta de los productos.

De este experimento histórico podemos aprender las condiciones necesarias para incentivar las conductas adecuadas de empleadores y empleados en cualquier reforma laboral. Las empresas deben estar sometidas a una presión competitiva que les obligue a invertir para ampliar la capacidad productiva y mejorarla. El aumento del salario no es problema siempre que las nuevas máquinas eleven la productividad laboral. No menos importante es el diseño de un sistema de remuneración que suministre incentivos adecuados para los empleados.

Los trabajadores deben estar incentivados para buscar trabajo con celeridad y para dar lo mejor de sí mismos en el puesto que consigan. Para el primer objetivo, la mejor solución se llama “mochila laboral”. Para el segundo, un sistema de remuneración que premie el esfuerzo y la adaptabilidad.

Los sindicatos son piezas clave en la negociación colectiva, pero si no tienen cintura para adaptarse a las condiciones particulares de empresas al borde de la quiebra, harán un flaco favor a los trabajadores. No hemos de olvidar que todos viajamos en el mismo barco. ¿Lo habrán pensado los ministros promotores de ley de Reforma Laboral, los sindicatos y patronal que la han apadrinado y los parlamentarios que la han de revalidarla esta semana?

La Tribuna de Albacete (24/01/2022)