domingo, 14 de junio de 2020

Cadenas, raíces y cabezas



“Hijo rompe tus cadenas, pero nunca arranques tus raíces”. Oí esta máxima de un tío sabio y ejemplar. Volvió a mi mente la semana pasada a propósito de la decapitación de las estatuas de Colón en EE.UU. tras la asfixia de un negro, George Floyd, bajo la bota de un policía blanco. Al día siguiente el incendio se extendió al viejo mundo alentado por banderas de radicales de extrema derecha y extrema izquierda. Los padres de las patrias inglesa, francesa o belga esconden sus cabezas ante la amenaza de guillotinas que creíamos desaparecidas.   
Pero no seamos reduccionistas. El vendaval viene de más atrás y arrastra a amplias capas de la población. Forma parte del intento de reescribir la historia de la humanidad desde cero, a partir de lo que hoy consideramos políticamente correcto. De las obras maestras de la cultura occidental -dicen, ordenan- hay que arrancar todos los pasajes que desentonan y, por supuesto, erradicar el lenguaje sexista. Los versos de 11 sílabas subirán a 13 pues donde decía “él”, dirá “él/ella”. Ni siquiera la Biblia o la Constitución se han librado de la persecución.
¡Desvaríos de la incultura que, por definición, es miope! ¡Ramalazos de un árbol sin raíces cuyas hojas han degenerado en pinchos! ¿No sería mejor aceptar nuestra historia resaltando los males que han engendrado ciertas personas y doctrinas; y de los bienes que han reportado otras? ¿No sería más positivo ocupar a nuestros hijos (y a nosotros mismos) en cortar las cadenas del egoísmo que nos aprisionan en el odio, la envidia y la mentira?
¡Seamos constructivos! Si te parece que el líder de tu partido merece una estatua más alta que el descubridor de América, no decapites a Colón; construye otra plaza más grande y hermosa con un pedestal en el centro. La colocación del busto déjala para tus nietos.  
La Tribuna de Albacete (15/06/2020) 

domingo, 7 de junio de 2020

Cinturón económico a los políticos


“La crisis del coronavirus lo cambiará todo y nos transformará a todos”. A la vista de las bochornosas sesiones parlamentarias que hemos seguido presenciado bajo el estado de alarma, no queda más remedio que matizar la frase. “El coronavirus transformará a todos menos a los políticos y a la forma de hacer política”.
El análisis económico de la política (A. Downs y J. Buchanan a la cabeza) presenta a los políticos como “maximizadores del poder”. Su objetivo es llegar al poder, perpetuarse en el poder y aumentar su poder. Quien conozca la naturaleza humana no se extrañará de tales ambiciones. El problema radica en que el marco institucional catapulte las ambiciones políticas al mezclarlas con intereses económicos.
Estas son mis propuestas para evitar que la política se convierta en una forma de vida y se alimente del odio, verdades a medias y mentiras enteras. Pido disculpas por el sesgo económico, es deformación profesional. Y me escudo en la frase convencional: “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.  
Primera propuesta: limitar a ocho años el tiempo remunerado de los cargos públicos. Por supuesto uno es libre de seguir colaborando con el partido toda su vida, pero no a costa del erario público.
Segunda propuesta: suprimir todo tipo de puertas giratorias que suponen compensaciones económicas en diferido a cambio de favores políticos. Esta semana hemos sabido del nombramiento de un ex ministro y un ex presidente autonómico como consejeros de Enagás a razón de 160.000 euros anuales
Tercera propuesta: Determinar las cantidades máximas asignadas a los diferentes estamentos. Digamos, un millón de euros anuales para los ministerios y otros 10 millones para los cargos de libre designación.  Si el presidente eleva el número de ministerios de 13 a 23 habrá de advertir a sus ministros que el sueldo bajará de 77 mil a 44 mil euros. Y si divide una dirección general en dos para colocar a un amigo de infancia, cada uno recibirá la mitad. El Gobierno actual tiene más de 500 altos cargos que se reparten 45 millones en sueldos. Los asesores de confianza necesitan 120 mil euros anuales para activar sus cerebros.  
                En estas condiciones, ¿quién deseará ser político? De eso se trata. Que la gestión pública se acepte como un servicio fatigoso pero limitado en el tiempo. Que nadie pueda hacer de la política una forma de vida.
La Tribuna de Albacete (8/06/2020)

domingo, 31 de mayo de 2020

Economía de Guerra


  En 1961 R. Peackock y J. Wiseman escribieron “El crecimiento del gasto público en el Reino Unido”. La tesis defendida en el libro es que en todos los países y épocas  ha existido una demanda latente de más gasto público pues las necesidades sociales son ilimitadas y las de los políticos también. El único freno efectivo es el temor a la sublevación de los ciudadanos-contribuyentes. Esta resistencia se relajaba en tiempos de guerra, único momento donde se permitía un déficit importante financiado con deuda pública. Una parte de esta deuda era monetizada y resultaba en inflación, el más injusto de los impuestos. El resto se financiaba con aumentos de los tipos impositivos que, ahora sí, parecían justificados e inevitables. Por esta vía, la presión fiscal fue escalando del 10% del PIB al 20, 30, 40%... ¡Y ya nunca bajó! Los políticos pronto encontraron nuevos motivos para gastar y cautivar el voto de los beneficiarios. Los funcionarios, por su parte, se encargaron de mantener sus puestos, aunque desapareciera la necesidad que en algún momento los justificó.
      A efectos presupuestarios, la pandemia del coronavirus equivale a la tercera guerra mundial.  En algunos países el gasto público, habrá de duplicarse para atender las nuevas necesidades sanitarias y sociales. Para eso tenemos al Estado, dicen, y no les falta razón. El problema no está en el hoy, sino en el mañana y, sobre todo, el pasado mañana. ¿Podrá aumentarse el gasto público en unos países que ya parten de unos niveles prohibitivos de presión fiscal (más del 40%) y endeudamiento (más del 100%)? ¿Y cómo diseñar la estrategia para que la respuesta intervencionista a una situación excepcional no se convierta en permanente? Mi temor es que dentro de unos años un tercio de la población española esté atrapado en una maraña de subsidios y que otro tercio sean los funcionarios que gestionan una economía de subsistencia.

La Tribuna de Albacete (02/06/2020)

domingo, 24 de mayo de 2020

¿Y si responsabilizáramos a los políticos de sus políticas económicas?



La semana nos ha traído dos noticias económicas de calado. La inminente aprobación del ingreso mínimo vital como medida que va más allá de la emergencia sanitaria. El acuerdo de derogación total de la reforma laboral de 2012 que introdujo un mínimo de flexibilidad en el mercado de trabajo.
       Hace unos meses, Thomas Piketty, un marxista que se ha hecho rico vendiendo libros sobre la pobreza y la redistribución, nos sorprendió con sus nuevas reflexiones y propuestas. Reconoce que la multiplicación de ayudas sociales hunde a amplias capas de la población en la “trampa de la pobreza”. Reconoce que la renta básica, diseñada para solucionar este tipo de problemas, añade otros. Mejor, concluye, sería capitalizarla. Al llegar a la mayoría de edad, cada individuo recibiría el dinero equivalente a la renta básica de 60 años. Y podría decidir cómo invertirlo para estabilizar sus ingresos a lo largo de su vida. Dudo que el remedio llegue a implantarse y que funcione. Cumpliría, no obstante, una importante función didáctica: demostrar a la ciudadanía lo difícil que resulta ganarse el pan con los beneficios generados por una empresa o un fondo de inversión.
Y digo yo, ¿por qué no aplicamos la misma medicina a los políticos? En el momento de empezar su mandato, cada político recibiría el dinero equivalente a su sueldo mensual de cuatro años. Podría invertir ese capital como quisiera. La única condición es que luego no se quejara de los bajos beneficios generados por su fondo de inversión. Menos, de la quiebra de la empresa en cuyo capital participa, a consecuencia de las leyes laborales y fiscales que él mismo ha aprobado.
          Moraleja: mientras los políticos no asuman responsabilidades por las consecuencias económicas de sus decisiones, se aprobarán muchas leyes nefastas para la economía.  
La Tribuna de Albacete (25/05/2020)

domingo, 17 de mayo de 2020

Confinar a los padres


           La nueva Ley de Educación, que el Gobierno quiere imponer a las bravas, confinará a nuestros hijos en las aulas de educación afectivo-sexual de los 3 a los 17 años. Para que el experimento funcione, los padres han de quedar confinados en sus hogares, no sea que protesten o pidan explicaciones. Así lo justifica Miguel Ángel Arconada, en una entrevista en Educaweb, un blog de referencia del Ministerio de Educación.  “Sabemos que las familias no se ocupan de la educación afectivo sexual (…) La escuela es el espacio privilegiado, muchas veces el único, en que nuestro alumnado recibirá una educación afectivo-sexual (…) El profesorado habitual debe ser el principal agente de la educación afectivo-sexual, recibiendo formación especializada para ello (…) Las familias no son dueñas de poner ningún burka ideológico”.
     Afortunadamente para padres e hijos, estos proyectos están abocados al fracaso; un fracaso final que no nos libra de daños colaterales a lo largo del camino. A pesar de lo que se afirma en la entrevista, la educación moral y afectiva no es una materia como las matemáticas que pueda enseñarse en el aula a razón de dos, cuatro u ocho horas semanales. Se trasmite en la convivencia diaria a través de buenos ejemplos y palabras oportunas en el momento oportuno. ¿Alguna institución podrá competir con la familia en este terreno?   
        Sin títulos educativos, los padres rebosan de esa sabiduría que fluye del amor. Un profesor puede enseñar matemáticas aunque el alumno le importe un rábano; difícilmente influirá en sus valores si no le estima. Ese amor es, precisamente, el que llevará a los padres a sacar a su hijo del aula cuando advierta que le están maleando o robándole la infancia. Ese amor les llevará también a asesorarse con personas e instituciones de su confianza. Confianza y libertad de elegir, estas son las dos palabras que no pueden faltar en la educación moral.
         Toda libertad, incluida la educativa, implica responsabilidad. Los padres gozan y sufren a diario las consecuencias de las buenas y malas conductas de sus hijos. Responden de ellas ante la sociedad e incluso ante los tribunales. ¿Quién se responsabilizará del fracaso escolar y las pasiones violentas de unos chicos que salen de las aulas de educación afectivo-sexual obsesionados por el sexo y empoderados para hacer lo que les apetezca?
La Tribuna de Albacete (18/05/2020)