Nadie se tomó en serio a Nayib Bukele cuando en el 2019, a sus 38 años, se postuló como candidato a las elecciones presidenciales. Su compromiso era acabar con las maras (pandillas violentas de jóvenes y adolescentes que vivían del pillaje y la extorsión, matando a todo el que se les pusiera por delante. Pero, ¿cómo conquistar el poder que los partidos tradicionales de izquierda y derecha llevaban cuatro décadas repartiéndose? Ante el estupor de políticos y civiles, Bukele ganó las elecciones con el 53% de los votos en primera vuelta.
Las reformas no se hicieron esperar.
El Gobierno no tenía excusa para restablecer el orden público. Multiplicó el presupuesto de la policía que
patrullaba noche y día por las calles y encarceló a más de 80.000 pandilleros
entrando en sus propias viviendas (los tatuajes permitían identificarlos
fácilmente). Para que el Gobierno y la policía pudieran actuar con eficacia, se
declaró el Estado de excepción en 2022 y fue prorrogado año tras año. El
resultado fue una caída del 95% en los homicidios. El Salvador pasó de ser el país
más peligroso de Latinoamérica, al segundo más seguro de las Américas, solo por
detrás de Canada.