Podemos entrenar a una máquina en buenos modales como son
el dar gracias o pedir perdón. Debemos tener presente, sin embargo, que esas máquinas
desconocen lo que es el agradecimiento y el arrepentimiento. Eso no es ética
sino etiqueta, mera fachada.
Quienes hablan de máquinas con ética se
refieren a la necesidad de controlar con principios éticos a las máquinas que
toman decisiones. El ejemplo típico es del coche autónomo. Cuando detecta un
niño que se ha escapado de sus padres para saludar a sus abuelos que avanzan
por la acera opuesta, el coche afronta un dilema ético. Si el freno automático
no se activa al 100% morirá el niño, pero de hacerlo pondría en riesgo la vida
de los cuatro viajeros. Si gira a la derecha atropellaría a los jóvenes padres;
si lo hace a la izquierda, a los abuelos. Para resolver este dilema, los
programadores exigen al Parlamento que les informe del valor monetario que atribuye
a cada vida humana. No hace falta decir que eso es un disparate típico del
utilitarismo más burdo. Las corrientes filosóficas humanistas, rechazan atribuir
a un hombre el poder para decidir sobre la vida de otro.
Todavía más ingenuo sería preguntar a
una máquina sobre la moralidad de la conducta que tiene planeada. O encargar a
una IAe la educación ética de sus hijos o alumnos. ¿Quién escogería los
criterios éticos? ¿Y cómo entrenaríamos a una máquina en los principios morales?
Las máquinas con IA no son inteligentes porque no piensan, aunque sí potencian a la inteligencia humana. Las IA no pueden tener ética, ni potenciar la moralidad de las personas. La ética es un atributo exclusivo de las personas pues solo ellas tienen una conciencia moral que les permite discernir el bien y el mal, decidir con libertad y responsabilizarse de las decisiones.
La Tribuna de Albacete (07/04/2025)