Después
de innumerables guerras, los humanos hemos aprendido a vivir en sociedades
abiertas. La DUDH de 1948 proclamó como derechos fundamentales, la vida, la igualdad,
la libertad... A esos derechos les corresponden otros tantos deberes. La libertad implica responsabilidad.
El compromiso con los derechos y
deberes fundamentales atañe también a la revolución científica y cultural del
momento: la IA. El derecho debe prohibir las aplicaciones que atentan contra la
dignidad de las personas y exigir transparencia y responsabilidad en todas las
fases de la IA. Por poner un ejemplo, a partir de la inteligencia generativa se
han desarrollado aplicaciones que permiten desnudar a mujeres. Tales conductas debieran
estar prohibidas y castigadas contra la intimidad y dignidad de la mujer.
Las inteligencias artificiales adolecen
de “sesgos”. Pensemos en la selección para ocupar altos puestos directivos. Si entrenamos
a la máquina con el curriculum vitae de los laureados en los últimos 50
años, la IA no recomendará ninguna mujer por la sencilla razón de que ellas no
formaban parte de los comités directivos hasta la última década. Otro tanto
ocurrirá con los trabajadores negros/as pues el color de su piel impedía
identificarles con precisión. El curriculum vitae pesará como una losa sobre
quien cometió un hurto en su adolescencia. De nada serviría probar que ha
cumplido la condena, que hay arrepentimiento y que es la persona más
trabajadora del mundo.
La utilización de la IA para manipular la ideología y el voto de los ciudadanos irá en aumento. Lo mejor es que no preguntemos al chat GPT por asuntos éticos y políticos. Nos engañará y nos autoengañaremos. La respuesta del chat se ajustará al partido político que más datos y discursos haya conseguido introducir. Los usuarios aprenderemos a formular la pregunta que refuerza nuestra ideología. ¡Seremos felices de autoengañarnos para tener siempre la razón!
La Tribuna de Albacete (14/04/2025)