Hace una semana un emigrante africano me abordó a la
salida del supermercado. Para quitármelo de encima le aconsejé que se acercara
a un centro de Caritas y allí recibiría los alimentos que necesitaba. Me tomé la molestia de aclarar mis motivos: “Sabe, yo no
me atrevo a dar dinero a personas desconocidas que pueden darle un mal
uso”. Me respondió. “Señor, no se ha enterado de nada. Yo no le pido ayuda, ni
en dinero ni en especie. Yo le ofrezco estos ajos que mi amo me ha permitido
recoger del suelo para que usted me dé lo que quiera y pueda”.
Me sorprendió la iniciativa y honradez, de este
emigrante. Seguro que se ganará la vida en España y podrá ayudar a sus familiares que se han quedado en África. El secreto del despegue de la economía
española provino de las remesas de los dos millones de emigrantes al centro
y norte de la UE entre 1959 y 1973.
Las ventajas para los países anfitriones también son
significativas. Reciben mano de obra joven, motivada y barata. Sus
contribuciones a la Seguridad Social son fundamentales para un sistema en
quiebra por falta de natalidad y de proporción entre contribuciones y
prestaciones.
Los problemas de la emigración que sufren casi todos los
países ricos son de índole sociocultural y solo puede solucionarse con paciencia
y mesura. Estos son mis consejos. (1) Regular la entrada de migrantes para que
puedan ser integrados en el sistema económico y educativo. (2) Crear las
condiciones para que un vez formados y con ciertos ahorros estos emigrantes
puedan volver a sus países de origen. (3) Promover el desarrollo económico en
los países de origen a fin de que puedan dar un empleo estable a la mayoría de sus habitantes.